mardi 12 février 2013

UN CONCIERTO-LECTURA

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La espléndida Sierra


El pedal del piano, después de la "reparación"

...en lo alto DE LA ABRUPTA SERRANÍA...
por Lirio GB, enero 2013

Ana llega en el vehículo oficial que nos llevará a Santa Catarina. Vamos a realizar el tercero y último concierto-lectura del año (los otros dos fueron en Dolores Hidalgo y en Abasolo). Estamos emocionadas y contentas porque Santa Catarina es el último pueblo antes de la Sierra Gorda y nuestras expectativas son altas: Esperamos un público ávido y receptivo.
Los conciertos- lectura son algo que Ana Cervantes y yo llevamos haciendo ya algunos años. La música maravillosa tocada por ella, se complementa con textos literarios, como en Rumor de Páramo (2007) y Babar, el pequeño Elefante (2010). este concierto es el último de la pequeña gira, presentando el fabuloso repertorio de su proyecto “Canto de la Monarca” (ver www.Monarca.com) y algunos de mis poemas inspirados por sus musas, junto con obras del repertorio y poemas de Sor Juana y de Rilke.

El paisaje va cambiando poco a poco. Primero las lejanas montañas azules y el llano cubierto de huizaches rumbo a San Miguel; nos dirigimos a uno de los confines de nuestro estado: la mismísima puerta de la Sierra Gorda. Disfrutamos el paso por diversos pueblos y en la etapa final, los paisajes volviéndose cada vez más agrestes: inmensas montañas, rocas, cactus, yucas. Un horizonte poblado por gigantes y por relieves impresionantes. El aire es fresco, pero no hace frío. Tres horas y media de viaje y estamos en otro mundo. El pueblo es hermoso, rodeado por esas majestuosas montañas y muy limpio. Casas de ladrillo, comercios, calles pavimentadas o empedradas.

Llegamos a las cinco. Nos espera el asistente del director, en la Casa de la Cultura, un hombre canoso y bajito. Me hace pensar en un duende. Nos espera es un decir. Sabe que llegaremos, pero no manifiesta mucho entusiasmo. Nos recibe tibiamente y nos enseña el foro. El conjunto socio-cultural es bello. La arquitectura moderna de la Casa de la Cultura promete mucho, con su patio interior, sus columnas, sus ventanas asimétricas. El edificio data de los noventa. Según nuestro anfitrión, “es bonito, pero le falta mucho mantenimiento y no tenemos presupuesto...”.
Ana quiere ante todo ver y probar el piano. Es un pequeño crapaud de cola, de madera rojiza. De entrada empieza a haber problemas porque no tiene atril y un pedal está zafado. Buscamos por todos lados alguna marca en el instrumento que nos permita saber que en algún momento ese atril existió, pero nada. La madera lisa, la cubierta fija: todo indica que el o los ejecutantes anteriores nunca usaron una partitura (???). Me imagino que ese pianito se destinó a algún niño prodigio (por el tamaño, casi de juguete) y que dicho niño se sabía todo su repertorio de memoria porque quizá era ciego (esto podría ser casi un cuento).
Un señor que trabaja allí (Multiusos les dicen) propone con muy buena voluntad solucionar estos problemas. Llega con un pedazo de madera que coloca abajo del pedal y no sé cómo consigue amarrarlo para que por lo menos funcione durante el concierto. Luego saca de no sé dónde uno de esos antiguos cuadernos de contabilidad y lo atora “mal que bien” en el lugar donde debería estar el atril. Yo pongo mi libro de Eduardo Casar abajo, para que las partituras no se caigan mientras Ana toca. Por fortuna, sólo una pieza del concierto será tocada con partitura. Bendita memoria de esta pianista estrella...
El piano no está precisamente en el escenario, sino abajo, muy cerca de las sillas. No entiendo por qué, pero así es. La luz es insuficiente porque de los ocho reflectores que se supone iluminan el foro, sólo funcionan dos. Ana no puede leer la partitura. Yo puedo leer mis textos pero difícilmente. Nos dicen que van a buscar un reflector, que vayamos a cenar y que a nuestro regreso estará instalado. El asistente de director insiste mucho para que comamos. Ana piensa que es porque él nos estaba esperando para comer y que se había privado de hacerlo. Nos da el nombre del mejor restaurant del pueblo, donde podremos saborear algo antes del concierto. Ya previamente Ana preguntó si imprimieron los programas de mano. La expresión en el rostro de ese santo señor fue de completa perplejidad: ¿cuáles programas? “Pues los que mandé por internet listos para imprimirse y fotocopiarse”, respondió Ana. Su sonrisa tímida nos dice que “no se pudo”. No pudieron imprimir y gastar 20 pesos en fotocopiar 50 programas de mano. Vaya.
“Solucionado” esto vamos a comer. El mejor restaurant del pueblo está cerrado. Nos dirigimos al centro. Allí hay algunos changarros con carnitas y tacos. La verdad es que preferiríamos cenar después, así que frente a la iglesia nos compramos sendos tamales y luego nos dedicamos a dar vueltas por las calles aledañas. Hay comercios de bolsas, misceláneas donde venden sabritas y juguetes. Presenciamos una procesión, porque siendo 10 de diciembre ya se está festejando a la Guadalupana. Quizá esto explique que el concierto pinte desierto.

De regreso a la Casa de la Cultura, subimos a los camerinos. Es un espacio vasto, con espejos, lavabos y vestidores. El lugar de los espejos está a oscuras: faltan focos. El señor asistente nos dice que nos podemos maquillar en los vestidores, “porque ahí sí hay luz”. Uf.
Con toda la buena voluntad del mundo, nos cambiamos y maquillamos como podemos. Cuando estamos a punto de terminar, llegan dos chicos con un foco ahorrador. Por fin. Entonces le digo a Ana, citando nuestro concierto de Rulfo: “Este pueblo está lleno de voces...”, a lo que ella replica “Este pueblo está lleno de ecos”... “este pueblo está lleno de...” Nos agarra una risa loca e incontrolable. Sí, este pueblo...
El concierto está programado a las 7 pm, pero a esa hora, desde los camerinos sólo se alcanzan a ver tres personas: tres adolescentes en primera fila. ¿Será todo nuestro público? Haciendo de tripas corazón, ya vestidas y maquilladas, bajamos. Hay, además de las tres chicas, un joven moreno y dos señoras, una de ellas con un niño pequeño.
La luz es mortecina (como que sólo funcionan dos reflectores de los ocho existentes). De paso nos percatamos de que pusieron en un extremo de la sala, apuntando directito al improvisado atril, un reflector gigante, amarrado con cinta canela. Pero por ahora está apagado.
El concierto comienza y como siempre entramos en otra dimensión. De repente, cuando vamos empezando la segunda pieza, el reflector gigante que apunta al atril improvisado se enciende. Hágase a luz. Es deslumbrante y molesto. Ni modo.
El público está atentísimo pero no puedo dejar de ver que durante todo el concierto entra y sale gente al fondo de la sala. ¡Cómo quisiera que estuviésemos alumbradas por el reflector y que no pudiésemos ver al público! Unos niños pegan un teléfono celular a una de las ventanas y puedo ver la foto de alguien, quizá en Facebook. (¿o nos están sacando fotos a nosotras?) Algunos de los que entraron se aburrieron y salieron. De pronto, entra el clochard del pueblo: un señor muy parecido al Calzonzin de Rius, flaco, alto, desdentado, con barbita y bigote ralos, vestido con una vieja chamarra mugrosa y con un pantalón igual. Lleva al cuello un hilacho café, algo así como los restos de algún escapulario. Me sorprende que se quede.
Al terminar el concierto, aplausos y felicitaciones. Estoy feliz de que se termine. Se acerca el clochard, que resulta no ser otro que ... el Director de la Casa de la Cultura. Ahí sí, mi asombro no tiene límites.
Al salir de la casa de la cultura, veo a una hermosa joven que me parece conocida. Vamos a cenar a un lugar indefinido (puesto que el mejor restaurant del pueblo está cerrado). Cuando llegamos, ella resulta ser alguien que conocí antes de Salas de Lectura. Está aquí con su novio y ambos fueron invitados a compartir nuestra cena. Le pregunto al chavo qué hacen por acá en la sierra. Me contesta: “Vinimos a verlas a ustedes”. Lo extraño es que no los vi en el concierto y tanto ella como él acaparan la conversación de nuestros anfitriones, quienes nos ignoran olímpicamente durante toda la cena y ni voltean a vernos. Los anfitriones (el Director, su hijo y el asistente que parece duende) están absortos en esa conversación que trata de trovadores de la sierra y otras tradiciones vernáculas. Estoy muerta de hambre y de cansancio. Ana comparte conmigo una copita de tequila y yo pido una cerveza para hacerme pasar estos últimos momentos antes de ir por fin a dormir. Hablamos en francés y a nuestra vez, ignoramos a nuestros acompañantes. Esto se pone cada vez más raro.
Cuando llega por fin la bendita hora de despedirnos (después de una breve sobremesa afuera del restaurant, en la cual el Director nos habla de su repugnancia “por la música de hoy”) soy feliz de encontrar una cama con sábanas limpias en la Casa de Visitas. Aunque el gran final no podía faltar: no hay toallas ni papel de baño.
Regresamos como bólidos muy temprano al otro día.














jeudi 6 septembre 2012

Sobre la obra de Vanessa Salas


Fotos: Vanessa SALAS


SOBRE “Nosotros y Ellas”, OBRA DE VANESA SALAS.
Lirio Garduño-Buono
2012
   
    La primera vez que vi a Vanessa Salas, fue al final de un semestre en la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad de Gto. Yo estaba con otra maestra en un salón junto a la biblioteca, y Vanessa vino a hablar con ella.  Me impresionaron de inmediato su gran belleza, su seguridad, su determinación.  A lo largo de los años, hemos coincidido.  La he visto evolucionar como artista, ir de la pintura a la escultura, del dibujo a las muñecas, esas muñecas inspiradas en Remedios Varo o en las Monjas Coronadas, en las sirenas o en la mitología prehispánica.  Por algo su marca Coladepez fue elegida para representar a la editorial Artes de México en los más importantes museos y Ferias del libro.  Esas esculturas blandas, representan de maravilla el alma mexicana. 

    De lejos y de cerca, he sido testigo de su vida y de su obra.  La he visto crear, la he visto hacer cosas por los demás, como la Sala de Lectura que fundó en su colonia.  La he visto involucrarse en una relación, convertirse en madre.  La vida y la obra van de la mano en su caso, y su última exposición:  Nosotros y Ellas cristaliza este hecho.  

    Se trata de 8 piezas, esculturas blandas, instalación, esculturas con materiales de reciclaje.  Como las piezas en un tablero de ajedrez, todas tienen su función y juegan en el tablero de la vida. Esta exposición me dice muchas cosas, me plantea múltiples interrogantes. Si bien Vanessa dice su vida a través de estas piezas,  también cuenta la nuestra:  la vida del cuerpo, de sus contingencias, de sus señales y de su estrecha relación con el espíritu. 
   
    En la pieza La familia, los tres personajes están realizados  en tela satinada gris perla, desnudos. La calidad de tersura y de brillo en su piel sugiere algo acariciante y tibio.  El pelo de los tres es sedoso, está hecho con plumas de avestruz.  Cabe señalar que alguien muy cercano a la artista es veterinario, y que suele trabajar con  avestruces.  El material físico le viene de allí, pero también algo del material simbólico:  un médico que trabaja con el cuerpo animal:  piel, pelo, órganos.  Esta pieza me sugiere algo primigenio.  Un hombre, una mujer, un bebé, figuras realizadas con minuciosa precisión que se presentan ante nosotros de manera contundente. “Así somos”, parecen decirnos.  Y son como un espejo límpido, porque todos hemos sido o somos uno de ellos:  el padre, la madre, el hijo.  El trayecto corporal, la historia contada en tres momentos. 
   
    Por eso,  la pieza-instalación que se encuentra en el piso, como una masa enorme de cabellos (estambre negro)  y de vísceras (estambre rojo) me conmueve y me cuestiona. ¿Qué es?  ¿tripas, una vagina?  Aquí se habla de  lo físico, de la animalidad en cada uno de nosotros.  ¿cómo resolvernos como seres humanos? ¿Cómo conciliar nuestra materialidad, el mero hecho fisiológico con lo que hace que nuestra vida tenga sentido? 

    La pieza Coronación nutricional  es una corona hecha con cucharas medidoras de leche en polvo para bebé. Conozco bien esos pequeños objetos.  Toda mamá los conoce, pero no es inmediato reconocerlos en el penacho diminuto de oro y plata que acoge al visitante en la exposición.  Una vez que el niño está aquí, hay que nutrirlo. Y no sólo nutrirlo con leche sino con palabras, con gestos amorosos.  Esta corona para la pequeña reina de la casa, sugiere esta doble tarea materna:  la nutrición biológica y la nutrición afectiva.  No puede existir la una sin la otra.

    En Tu mundo y el mío, huevos de avestruz y conchas marinas de diferentes dimensiones, están cubiertos por tejidos de gancho.  Esta pieza confirma que el huevo es origen, fertilidad.  Estos huevos protegidos, incubados, me hacen pensar fuertemente en ovarios, testículos,  lo fertil, la vida latente.  Las conchas marinas  me llevan al agua, al líquido amniótico, al fondo del mar, al origen de la  vida.

    La obra que más me impactó fue Niña Amada. Se trata de  una escultura blanda en la cual  dos manos de satín púrpura, sostienen a un bebé de satín y encaje blanco por medio de largos hilos.  Me parece que es la pieza que mejor habla de estos dos aspectos dentro de los cuales los humanos parecemos debatirnos: el lado físico aparece fielmente sentido, la sangre, el cuerpo;  y el lado cultural: el amor, la responsabilidad inmensa que significa traer al mundo, criar y educar un hijo.  En esta pieza está capturado el momento de la fertilidad, con los hilos rojos sosteniendo a la bebé. El cuerpo de la nena está hecho a partir de un ropón bautismal. Hay lazos de sangre y lazos con sangre, lazos invisibles y lazos visibles.  Es justo el vértice donde  las hormonas, el lado animal, se convierten en entrega, generosidad, trabajo, cualidades todas ellas culturales  y sociales.

    Mutuo consentimiento. Esta pieza habla de algo incómodo:  se trata de un vestido de novia forrado con espinas: el relato de un dolor constante e insoportable. Creo que tal y como la exposición se estructura, se trata de una digresión, de otra historia, enmedio de todas las afirmaciones de vida y de fertilidad.  ¿una ruptura? ¿abandono? El fuerte simbolismo del vestido de novia está presente porque es una prenda que se llevará sólo una vez en la vida y que sin embargo nos marca durante mucho tiempo:  la contradicción viva de lo efímero y de lo que se queda.  No deja de tener una relación con la obra de la brasileña Bel Barcelló, quien también trabaja con telas, con hilos, con bordados, objetos y actividades éstos que fueron durante siglos propios de las mujeres.  El forro de espinas, algo molesto, doloroso;  Diametralmente opuesto al ropón bautismal, anuncio de dicha y de futuro.  Estas dos obras,  complementarias y opuestas a la vez,  me recuerdan ciertas pinturas renacentistas y del clacisismo:  los pendants. 

    Las Venus que componen la obra Voces susurrantes., están realizadas con medias de nylon, prenda exclusivamente femenina.  Hablan, con un material moderno, de algo ancestral:  son Venus prehistóricas, símbolo de tierra,  de fertilidad.   Sus colores son también terrestres: café, antracita, gris, terracotta.  Colores minerales,  colores de la naturaleza.  Y al mismo tiempo, si los vemos con ojos de hoy, colores de las medias de las abuelas, de las tías, de las mamás...  ¿Qué nos susurran las Venus de Vanessa con sus cuerpos regordetes y llenos de chipotes?  Son al mismo tiempo vientres fecundos y viejas surgidas del fondo de las montañas;  algo volcánico y visceral, fuente de sabiduría y de invocaciones.  Son las sabias ancianas de las que nos habla Clarissa Pínkola en su “Mujeres que corren con los lobos”: acompañantes y chamanas en el camino de la existencia. 

    Nosotros estuvo expuesta  hace algunos meses como pieza central, en una muestra sobre la familia, en una galería de León,.  Aquí aparece de nuevo, en un contexto diferente, con diferente compañía.  Nosotros, dijo Vanessa, se inspiró en parte, en mi libro Memorias de la ropa. Es la ropa que habla de nosotros y por nosotros, la ropa que revela y que protege, la ropa que vive y muere.  En este caso, se trata de trozos, fragmentos de camisas,  mamelucos, de huipiles, baberos y jeans,  formando  las letras de la palabra “nosotros”, un miembro de la familia por cada letra. Una para el padre, una para la madre, una para la niña.  Collage en tres dimensiones, escritura en el espacio, declaración de amor y de principios. Texturas y colores suaves, costuras que unen.   
    Vanessa crea y estructura piezas llenas de sentido a partir de los materiales más diversos, que en sus manos se animan y  dicen lo que ella quiere que digan:  lana, plástico, vestigios vegetales y animales, ropa reciclada, nylon.... que una vez transformados, nos hablan de una gran maestría. 
    Pienso que esta muestra no es otra cosa que un álbum de familia, lleno de interrogantes y a la vez de certidumbres.  Bella cristalización de deseos y de acciones;   valiente reflexión no sólo sobre la maternidad y la paternidad, sino sobre las implicaciones afectivas y humanas del compromiso en las relaciones,  sobre la fuerza avasalladora de ciertos lazos.    
    Se puede leer esta colección como una historia, aunque las piezas también pueden separarse del conjunto y verse fuera de un contexto narrativo:  cada una tiene algo único, cada una es un ente que se expresa por sí mismo.  
     La muestra tiene justamente diferentes vertientes, diferentes ángulos desde los cuales podemos contemplarla e identificarnos con ella.  Por eso este conjunto de esculturas es tan poderoso:  porque la artista no sólo está contando su historia, sino la nuestra, la de todos, la de cómo, en mayor o menor medida nos las arreglamos con el cuerpo;  cómo ideamos puentes hacia lo cultural y hacia a las tareas del espíritu, a partir de nuestra mera existencia material.  .  






lundi 26 mars 2012

DOS POEMAS DEL LIBRO "RETRATOS PINTADOS CON AGUA"



Dos poemas de Lirio Garduño, del libro Retratos pintados con Agua (Inst. Queretano de Cultura, 2011).  El libro se puede comprar en El Lechón Ilustrado, Cantaritos 30, Guanajuato, Gto.  Se aceptan encargos por Facebook: lirio garduño-buono.

VERSALLES EN DOMINGO
(final del día)

Esta vez los castaños vibran,
en la armonía
de palmeras y naranjos.

Me digo
« nunca,
nunca antes vi esta luz 
nunca antes este verde... »

¿Será único
el verano francés?

Resplandece quieta
inflamada de orgulloso cansancio
por las calzadas,
es apenas un espíritu
calzado de satín magenta
o verde veronés.

Es la fuente,
el racimo de granates y oro
donde gozan criaturas de agua.

Oficialmente
quiere caer la noche
pero mayo se rehúsa a dormir

En un esfuerzo último
aúna lo intenso de la hierba
a la perspectiva diurna del canal.

Mi cuerpo explora esta incógnita
de danzas claras y tiovivos.

Confundiendome en las hojas
amo, transpiro,
me pregunto de nuevo
el precio
pagado por la humanidad.




MATINAL


Vestido de hiedra,
luz tenue,
julio en París.

Quizá he olvidado
el deslumbrante imperio
de las cosas bellas;

quizá el frío de entonces
adormeció mis brazos,

y ahora también,
lo que recuerdo.



mercredi 4 mai 2011

PORQUE USTED LO PIDIÓ: de nuevo La Ropa...

A mucha gente le ha gustado el libro sobre la ropa;  a petición popular, otro poema del mismo libro, "Memorias de la Ropa..." (U. de Q. Roo, 2010)
 
LA ROPA LIMPIA

La ropa limpia se lava en casa.
En casa lavo y lavo las cosas que me pasan,
en casa cambio letras de cambio y heroísmos,
erotismos raros de las horas dormidas,
lugares y momentos donde la ropa enseña
una parte de su piel y tiene
el poder de transitar los sitios,
el futuro, las miradas,
los animales, las respiraciones.

La ropa de otros me envuelve ahora,
la ropa tiene sabor de fruta o sopa,
de té caliente y de licores raros;
se me pega sonámbula, morada, azul oscuro,
buenas noches y de Prusia,
uniforme azul de luna o de bandera franca.

La ropa oscura se lava en casa
como una piel muerta y revivida,
como el kilómetro cero cinco mil o cuatrocientos,
como el cansancio que la noche regenera.

Sale de mis manos
con olor de cromosoma,
con olor de bacteria o de tormenta,
con olor natural de la invención en bata blanca.

Pero la ropa limpia se lava a veces
en el fondo de un cajón lleno de magia,
un cajón donde se mete así nomás
sin detergente, ache dos o, ni piedra alguna
filosofal o mística,
y se lava sola por encanto
(conocí a dos chavos que así se la rifaban).

La ropa sucia se vuelve limpia
como pelo de gato sacudiendo pulgas, roña y pesadillas
cambia la cara y las entrañas,
tiene color de tiempo y por eso es triste
porque algún día terminará vencida,
será trapo viejo al borde de un estanque,
será burlada o maldita por la moda,
se quedará en silencio
después de haber hablado
tanto y tanto,
después de haber cantado
cuerpos y cabellos,

después de haber sido habitada
por las voces.

Lirio GB, 2009














mercredi 19 janvier 2011

POEMA SOBRE OTRO PERRO



En nuestro reciente viaje a Chalmita (ver detalles entrada anterior), conocimos a varios perros muy interesantes, entre ellos, éste: 


TRIPIÉ
El perro de tres patas
tiene el color sabroso
de la cocoa caliente
-con canela-.
Tiene ojos de pistache,
hocico largo.
No sabe que sus huellas
son un múltiplo impar
no sabe lo que no puede
y por eso puede
subir veloz los cerros
y correr el maratón canino;
vibrar con los olores
del tlacuache y del tejón,
mojarse con el agua del apantle
-ese milagro-
El perro de tres patas es alegre;
no se lo ocurre otra manera
de ser feliz
¿así nació o así lo hicieron?
Poco importa, el perro impar
vive su vida
como el más completo
como el más amable
de los canes inmortales.

lundi 17 janvier 2011

VIAJE A CHALMITA

Chalmita, en su esplendor

Éxtasis del yoga junto a los bambúes

La vista desde la casa
Para el año nuevo, nuestro compadre Juan Jacob nos invitó a su casa en la comunidad de Chalmita, a 10 km de Malinalco, en el Estado de México.  Hacía años que no lo visitábamos allá, aunque claro, siempre nos vemos en el DF o en Guanajuato.  Pero por lo menos 6 o 7 años nos separaban de la última vez que fuimos a Chalmita.  Hubo una época en la que íbamos una vez por año, que de pronto se interrumpió; dejamos de ir, quién sabe por qué.  
Este año, entre otras cosas, dudábamos poder ir porque no sabíamos si nuestro viejo coche aguantaría el viaje de 7 u 8 horas. Y no es que sean tantos kilómetros (500 a lo sumo), pero para llegar allá desde Guana necesitamos tomar varias carreteras, no siempre autopistas:  llegar primero por el libramiento de San Luis a la autopista a México.  Luego, poco antes de la caseta de Palmillas, tomar la dirección Toluca.  Llegar a Atlacomulco por una carretera en reparación perpetua y de allí a Toluca.  Atravesar la horrible capital del Edomex y tomar dirección Tenancingo o si se prefiere, tomar por las pequeñas carreteras por Joquicingo hacia Malinalco.  Todo esto lleva tiempo y no poco cansancio.  Sin embargo, nos armamos de valor, mandamos revisar el coche y salimos una mañana de fines de diciembre.
El trayecto fue el arriba descrito,  bajo un dorado sol invernal.  Una sola parada, antes de Atlacomulco, para comer al borde de la carretera los deliciosos sandwiches preparados por mí.  Decidimos no atravesar Toluca esta vez, y tomar un libramiento,  bastante largo por cierto, pero que nos dejaría un poco más cerca de Tenango que de Toluca, para poder torcer el rumbo hacia Malinalco.  A estas alturas del partido, ya eran las cuatro de la tarde (salimos a las 10am).  
La carretera es tortuosa pero el paisaje vale la pena.  De las frías planicies de Atlacomulco, pasamos a bosques de coníferas y luego a un paisaje semi-tropical, llegando al valle de Malinalco.  Allí se ven los peñascos cubiertos de vegetación, tan característicos del valle de Mali y de Chalma.  Atravesamos Chalma con pinzas porque a pesar de ser un santuario y lugar de peregrinación (o por eso?) es uno de los lugares más siniestros que conozco, lleno de basura y de baches.  Por fin entramos en la comunidad de Chalmita.  Reconocemos la placita, la iglesia y sobre todo, la vegetación extraordinaria que proyecta sombras y fantasmas en este final de la tarde.  
Cuando por fin llegamos al rancho El Copalito, ya son las 6 pm.  Nos esperaban mañana. No por eso se ponen menos contentos de vernos:  Juan, los dos nens, Émile y Val, y los dos hijos grandes, Diego y Juan Ramón.  La casa está igual que como la recordábamos pero el jardín ha cambiado muchísimo.  Amplias avenidas de bambúes, glorietas con magueyes y una planta hermosísima que parece la cola de un venado, como un pompón.  Alrededor un circo, las montañas rocosas con su cubierta vegetal.  Quizá menos verdes en esta época del año, pero siempre bellas.
Como sólo hay dos recámaras, Diego y Juan Ramón nos ceden una de ellas y duermen en el salón.  Por fortuna trajimos bolsas de dormir, un colchón de hule espuma y una colchoneta.  La cena es de quecas y bastantes cervezas, cosa que no puede faltar chez Jacob.  
Transcurren los días entre desayunos en la terraza, lectura, paseos por el rancho, dibujos, mucha conversación y quehaceres de la casa, ingratos pero necesarios.  Por fortuna, todos trabajan y ponen voluntad para lavar platos, barrer y escombrar un poco este espacio pequeño invadido de repente por una muchedumbre, pues aparte de nosotros tres, también llega Dito, el hermano menor de Juan, y días después Alixter, un super-simpático (y guapo) amigo de Juan Ramón.

La terraza frente a la casa de adobe tiene una mesa de cemento cubierta por bellos mosaicos y pintada de azul, con su banca incorporada y su fogón.  Diego y J. Ramón son maestros para encenderlo y hacemos la mayoría de las comidas allí:  carne asada, frijoles, tortillas bien calientes, papas rostizadas, etc.
El preparativo para año nuevo es genial:  Juan descongela ceremoniosamente los paquetes de choucroutte, las salchichas, el chamorro; pone a cocer las patatas desde temprano.  La cena entonces es espectacular:  una mega choucroutte,  complementada por un plato gigante de pasta y una pierna de pavo traídos por Fabiola y Christian, compadres y vecinos.  De tomar, vino blanco.  
Transcurre entre discursos, risas y animada plática.  Algo fluido y bello es esta cena de fin de año.  
Al terminar la cena, salimos al jardín donde los chavos ya prepararon una gigantesca fogata.  Pocas veces he experimentado una sensación tan fuerte y clara de fraternidad. Agradezco al infinito este momento de pura bondad:  abrazos, chistes, el calor de la fogata, la noche intensa, las siluetas de los cerros, todas esas estrellas y el aire frío que cubre mi cara...
Al otro día, Nina y yo vamos a ver a Fabiola, la otra comadre de Juan.  Gracias a su esposo Christian y a ella, Juan conoció este lugar y consiguió su terreno.  Ambos tienen un rancho productor de flores y de fruta, muy cercano a la casa de Juan.  Se llama “El Amate”.  Aparte de sus vergeles, Fabiola tiene una pequeña empresa que fabrica mermeladas y otras conservas ecológicas.  Es una maravilla platicar con ella porque sabe muchísimas cosas y puede darte miles de consejos sobre todo lo que le preguntes.  Nos encanta la bodega donde guarda las mermeladas:  todas deliciosas y sobre todo, de frutas poco habituales en México, donde no salimos de la super consabida mermelada de fresa.  Aquí hay mermelada de mandarina, ciruela,  zarzamora, limón, lima, higo, manzana, naranja, frambuesa, pera... con o sin azúcar.  Y también jugos de todas esas frutas.  Y conservas de chiles y de otras verduras.  Pasamos un buen momento curioseando y preguntando.  Nos da un remedio contra el acné:  el vinagre de manzana, y nos envasa ipso-facto una botellota.  Damos una vuelta por los campos y nos muestra una casa hecha de bambú y de adobe, futuro albergue para gente que vendrá a tomar cursos sobre temas de ecología.  Esto es su proyecto para este año.  Vale la pena echar un ojo a su sitio internet y ¿por qué no? ir a visitarlos.

Los perros no pueden faltar.  Juan trajo a su Simón, un adorable y joven labrador.  Fabiola y Christian tienen otros que nos vienen a visitar y se quedan con nosotros en El Copalito durante toda nuestra estancia.  ¡Qué hospitalarios!  Están la Solavine (de quince o dieciseis años, tuerta y sorda pero muy activa), Tripie (café cocoa y con sólo tres pies), el licenciado Dugu (peludo y casi con pelo de rasta) y Mozart.  
Primero está enferma Val;  luego Émile.  La gripe se le pasa a Jean-Pierre y creo, a Diego.  Nina dibuja a los perros.  Alixter, Diego y Juan Ramón nos cuentan sus aventuras en Francia.  Los dos últimos todavía viven allá.  Yo no hago gran cosa.  Estoy leyendo mi regalo de navidad “Comer, Rezar, Amar”, que me está gustando mucho.  También hago yoga junto a los bambúes, casi frente a los bueyes.  Es toda una experiencia mística.  Jean-Pierre está esculpiendo una de las piedras de la entrada.  Su obra es una calavera jugando a la pelota.  De plano se quita la camisa en los momentos de mayor calor e inspiración. Nuestros días transcurren apacibles y llenos de sol.  A veces alguien pone música, lo que exaspera a Juan.  El primero de enero nadie se quiere mover. Vamos el día dos a Malinalco por provisiones.  
Malinalco me encanta, es tan new age y al mismo tiempo guarda su esencia de pueblo tradicional.  Me encanta el mercado, las calles, la placita.  Ahora está un poco cabeza abajo porque están poniendo todos los cables eléctricos bajo tierra.  Eso hace que tengamos que caminar y que hacer las compras entre escombros, pero el resultado valdrá la pena.  
El penúltimo día nos levantamos muy tarde y vamos a las cascadas, más o menos a una hora caminando.  
Nos dividimos en dos grupos, uno con los niños y con el caballo Camilo cargado con provisiones y el otro que irá por un atajo.  Nos encontramos en la intersección del apantle y del camino real.  Subimos juntos entonces.  Las cascadas son hermosas; el agua está helada.  Como siempre, los chavos hacen una fogata en menos que canta un gallo y comemos carne y cebollas asadas, con un sorbo de cerveza porque se nos olvidó una mochila con el resto de las Coronas.
El lunes por la mañana, al despedirnos, la foto del recuerdo.  Todos nos felicitamos de haber pasado estos días en armonía y cargando buenas energías para comenzar el año 2011.  Enhorabuena.  Podemos emprender el largo camino a casa felices y satisfechos.  

www.ranchoelamate.com
 


 

mardi 30 novembre 2010

Por la Santa María


Una esquina que me encantó

Genial restauración del kiosko



Paso dado...


El kiosko en todo su esplendor
fotos y texto: LGB
Pocos lugares tienen ese poder de evocación para mí.  Quizá porque la colonia Sta. María la Ribera es un lugar que conocí de muy pequeña, cuando vivíamos en San Cosme. Quizá porque después leí sobre ella y me gustó la idea de una colonia «nueva» que ahora se volvió «vieja», de un lugar «lujoso» que se volvió «decrépito», de un sitio donde vivieron muchas personas famosas y donde pasaron muchas cosas.  
Hoy, viernes de noviembre, decido caminar por fin para explorar más a fondo que la última vez y tomar fotos de esa colonia legendaria.  Atravieso Buenavista y me interno sin dudar en la colonia.  
Casas de los años veinte me reciben, junto con algunas bodegas y sitios nuevos, edificios de departamentos sin gracia, más recientes.  Camino y pregunto por la Alameda, por el kiosko, por el Instituto de Geología.  Debo cruzar el eje vial y seguir algunas cuadras.  
Me gusta el clima de hoy, ideal para caminar:  soleado y fresco, lo justo para una larga excursión.  Conforme voy entrando, las casas se vuelven más y más antiguas.  Algunas están restauradas y habitadas, otras muy maltratadas (y habitadas) hasta la última categoría, las que de plano están al borde del colapso y se venderán como terreno, cosa que efectivamente señalan algunos carteles en las fachadas.
Llego a la Alameda. El hermoso kiosko sigue allí y actualmente está en restauración.  Maravillosos colores, estucos espléndidos.  Me encanta y lo fotografío, es una delicia, como un suculento loukoum.
Frente a la Alameda, el Instituto de Geología, edificio igualmente interesante.  Pago diez pesos por un viaje en el túnel del tiempo: vitrinas, parquet, yeserías del techo, ventanas, vitrales. Todo me transporta:  mucha luz, piedras polvorientas y algunos esqueletos de dinosaurios y caballos prehistóricos.  No tengo prisa, recorro los pasillos, las piezas, los rincones de este edificio que tanto me recuerda los pabellones del Musée d”Histoire Naturelle en el Jardin des Plantes de París.
Salgo por fin, algo aturdida por tanta impresión de meteoritos y fósiles, para caminar hacia el otro extremo de la colonia, recorriendo ahora sí calles y metiéndome en las privadas y en los callejones. Saco fotos, me quedo contemplando fachadas y lo que puedo atisbar de algunos interiores.  En el mercado, veo un anuncio, «Gran Bazar", calle Naranjo.  Creo que sería una buena oportunidad para entrar en una de esas casas, si es que el lugar del Gran Bazar es una de ellas.  Me dirijo hacia allá y después de caminar algunas cuadras, sin dejar de detenerme frente a cuanto me llama la atención, encuentro la casa en cuestión.  Es en efecto, una casa de los veintes o los treintas, parte de un conjunto habitacional visiblemente auspiciado por Arturo Mundet, el fabricante de refrescos. Eso deduzco porque una de las privadas lleva su nombre y la otra se llama simplemente «Privada Sidral».  Pues bien, en la casa del bazar, nada indica que este evento se vaya a llevar a cabo.  Simplemente me asomo a una de las ventanas que da a la calle y veo una cama destartalada con cobijas sucias, un ambiente de total abandono, objetos y suciedad por doquier.  Me asusta tanto que renuncio a las delicias de ese shopping.
Sigo recorriendo calles y calles.  Sigo tomando fotos.  Observo que la gente aquí tiene miedo, porque muchas casas están protegidas por alambres de púas, algunos electrificados; puertas de metal y tubos que bloquean el paso.  Lo peor que se le pudo hacer a estas elegantes pérgolas, balcones, balaustradas y portones.   Este ambiente de inseguridad contrasta con la alegre vagancia de mucha gente, que hace su jogging, pasea a sus perros, saca a sus niños del kinder y va al mercado...   Todo parece pacífico y tranquilo, flota un aire feliz y la vida parece lo que debería ser en un barrio ni muy rico ni muy pobre de cualquier ciudad normal.  
Ya de regreso, veo por la ventana el interior de un espacioso y bello departamento, decorado en un gusto muy contemporáneo, con fotos enmarcadas y paredes de un blanco cremoso.  Hay plantas y luz.  Me digo que en otra vida, me gustaría vivir aquí y ver cómo es desde adentro  la colonia Santa María.
Tomo un pesero a San Cosme, me topo con la zapatería La Ribera (que conozco desde bebé), con Mascarones, con la Secundaria Anexa, donde iba David, el primer chavo del que me enamoré... Pero todo esto es otra historia.