mardi 22 septembre 2009

HACIA EL DESIERTO


(Esta crónica de viaje la escribí después de nuestra última visita a Marruecos)

¿Porqué esta carretera llena de polvo me da miedo? Quizá porque conforme nos aproximamos del desierto el calor se hace más y más intenso y también porque el sol está velado por una extraña bruma que poca relación tiene con la bruma fría que conocemos.
Esta bruma es el envoltorio del infierno. Me doy cuenta de que la vez pasada no llegamos hasta aquí, de que nos detuvimos en las primeras dunas, porque Nina era demasiado pequeña. Seis años después Nina tiene nueve años, y viene acompañada de su prima Alejandra, de trece. Ambas quieren ver el lugar “donde se termina el mundo”…

Jean Pierre dice que no hay problema, que el tramo de cien kilómetros entre Zagora y M’Hamid será fácil, “estaremos en una hora”, declara categórico. Conforme pasa el tiempo (y los kilómetros), nos damos cuenta de que el hipotético tiempo no tiene mucho que ver con la realidad. Nos adentramos en el calor, en el polvo y en lugares donde no se ve un alma. O quizá sí: alguna pastora vestida de negro, aparición arreando un rebaño de cabras, cubierta de la arena y casi invisible en la bruma solar.

Son casi las seis de la tarde y sólo hemos hecho cuarenta y tantos kilómetros. La carretera se hace cada vez más angosta y tengo la certidumbre de que si bien llegaremos a M’Hamid antes del anochecer, el camino de regreso lo haremos de noche. Me empieza a entrar una terrible angustia de madre mexicana: ¿y si nos asaltan? ¿porqué exponemos así al peligro a mi hija y a mi sobrina? ¿y si se descompone el Renault 4? ¿y si tenemos que pernoctar en algún lugar recóndito?

Pasamos por parajes extraños, montañas lunares, planicies desiertas donde de vez en cuando brota una palmera. Seguimos fieles a los postes y al hilo telefónico. Se termina y vuelve en alternancia. El calor continúa, cada vez más asfixiante, y también mi miedo. Nunca tuve un miedo así desde que me metí a bucear en Oia, aquella isla griega. Al adentrarme en el agua aquella vez, llegué de pronto a un lugar donde ya no había fondo, donde el volcán acuático se hundía en el abismo. Nunca en mi vida tuve esa sensación de terror, de soledad, de pánico. Aquí no llega a tanto, pero empieza a parecerme horrible esta desolación, angustiante este aislamiento.

De tanto en tanto, un camión de carga nos embiste en sentido contrario. Como no hay lugar para dos vehículos, tenemos que bajar a la cuneta, muy alta por la acción de la erosión en el pavimento. Jean-Pierre, impasible en apariencia, lo esquiva, sigue manejando. Las niñas están cansadas pero la promesa del desierto las mantiene interesadas en el camino. La montaña por fin se termina, ahora entramos en el oasis, aunque este no nos parezca muy hospitalario. En realidad se trata de una estrecha franja de verdor a ambos lados del camino, palmeras, yucas, algunas hortalizas. Y esto en medio de la arena. El polvo no nos deja ver claramente, el sol se esconde tras la bruma y está próximo a desaparecer. ¿Cómo regresaremos?

Al cabo de lo que me parece muchísimo tiempo, llegamos al pueblo, después de ver pasar hoteles de lujo construidos con adobe, casas, hombres en bicicleta, niños jugando… ¡Me parece tan extraño encontrar aquí hoteles de cinco o seis estrellas!

M’Hamid es un pueblito color tierra, como sus los pobres edificios hubiesen surgido de repente de las entrañas del planeta. No se ve nada extraordinario: gente ocupada, niños jugando fútbol, alguna tiendita vendiendo lo indispensable. Jean Pierre atraviesa el pueblo como si lo conociera. Va directo al final del camino.
Nina nos muestra un cartel anunciando un café: “Le Petit Prince”, ¡El Principito! digo entusiasmada. Me parece genial encontrar una referencia a esa obra que tanto le gusta a mi hija y que fue formadora para mí: el Sahara, un niño, la aviación, los viajes…

Por desgracia, el café está cerrado. Continuamos cien o doscientos metros más en el valiente Renault4 de mi suegra. Llegamos a la última casa. La rodea una enorme barda de adobe, tiene dos torres a la entrada del patio. Allí se termina el camino. De aquí puedes ir a Tombuctú en 52 días de camello. Hay una pequeña colina, rocas en la arena. El calor se calmó y ahora sólo queda el agotamiento, también cierto sosiego. Ale y Nina comienzan a quejarse porque el desierto, según ellas, no es esto. Quieren ver las dunas de inmediato. Les explicamos que las dunas están un poco lejos, pero que el Sahara empieza aquí. Me pone de mal humor su desilusión, les digo que cuando se casen, sus maridos bien las pueden traer al desierto de luna de miel.

El albergue se llama “La boussole du Sahara”. De ella sale un hombre joven. Unos treinta años, alto, hermoso pelo negro ensortijado; lindo rostro. Sonríe con dientes echados a perder. Trae la djellabah azul claro con bordes dorados que usan los hombres del sur y va descalzo. Habla con Jean-Pierre, lo invita a pasar al patio, a tomar un té. Yo me resisto porque tengo presente el asedio de tantos comerciantes para vendernos todo y nada, en Marrakech y durante todo el camino al sur. Pero Jean Pierre, razonablemente dice que no nos vendría mal descansar, tomar algo antes del retorno, puesto que sólo vinimos a eso: a ver el umbral del desierto.

Acepto más por cansancio que por gusto. El hombre nos hace pasar, se llama Abdou y nos instala en una banca de adobe adosada a un muro de la casa. Iniciamos una larga conversación; nos cuenta de su vida, de su actividad: es guía de turistas, alberga gente, organiza circuitos en camello. “Durante la temporada alta este patio está lleno de tiendas de campaña donde duermen los turistas, hacemos grandes fiestas”, viene mucha gente de todos los países”.

Nos pregunta cosas sobre nosotros, sobre nuestra vida. Nos habla de su estancia en una escuela militar de Kenitra, donde Jean Pierre nació… El diálogo fluye, estamos sentados en el patio de tierra, entre palmeras enanas, frente a una charola de latón. Llega una gata flaquita; se llama Fifí, Nina y Ale la acarician, hacen preguntas a nuestro anfitrión sobre ella y su bebé . Empiezo a respirar, el cielo de plomo se vuelve hospitalario; el calor, delicioso. Cuando llega el té, estamos en un estado que pocas veces he conocido: serenidad única, luz, aire; soledad y compañía. Me gusta este momento en el que el árbol famélico no da sombra alguna y sin embargo estoy protegida. Todos bebemos varios vasos de un té muy fuerte y dulce. Pasa el tiempo, ya no tengo miedo. Creo que Jean-Pierre está tan feliz como yo. Silencio a veces. Nadie lo rompe, nadie habla por hablar. Reposo, paz. Me pregunto cómo será vivir aquí. Abdou parece tan contento con su vida. Le contamos Guanajuato, nuestra vida en el campo, nuestro trabajo. Este es en verdad un extraño instante. Lo degusto como un vaso del más delicioso champagne, lo vivo para recordarlo después, a diez mil kilómetros de aquí.

Al salir del pueblo, varias horas más tarde, la noche es negra como el África (dixit Alejandra). Me doy cuenta de que olvide mi cámara fotográfica. No vale gran cosa, pero tiene muchas fotos del viaje. Regresamos y él está allí, en el portal, con la cámara en la mano. Le digo que en México, cuando alguien olvida algo, es que tiene ganas de volver. El lo cree también.

El regreso transcurre animadamente. Abdou nos dijo que la carretera de noche no representa peligro alguno. Yo estoy llena de energía, salvada. Nina no para de hablar durante el camino. Vuelvo a pensar en voz alta: “es una lástima que el café del Principito estuviese cerrado…” Jean-Pierre replica: “¿Para qué querías ir al café si lo viste a él en persona?”
Creo que tiene razón.

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