mardi 30 novembre 2010

Por la Santa María


Una esquina que me encantó

Genial restauración del kiosko



Paso dado...


El kiosko en todo su esplendor
fotos y texto: LGB
Pocos lugares tienen ese poder de evocación para mí.  Quizá porque la colonia Sta. María la Ribera es un lugar que conocí de muy pequeña, cuando vivíamos en San Cosme. Quizá porque después leí sobre ella y me gustó la idea de una colonia «nueva» que ahora se volvió «vieja», de un lugar «lujoso» que se volvió «decrépito», de un sitio donde vivieron muchas personas famosas y donde pasaron muchas cosas.  
Hoy, viernes de noviembre, decido caminar por fin para explorar más a fondo que la última vez y tomar fotos de esa colonia legendaria.  Atravieso Buenavista y me interno sin dudar en la colonia.  
Casas de los años veinte me reciben, junto con algunas bodegas y sitios nuevos, edificios de departamentos sin gracia, más recientes.  Camino y pregunto por la Alameda, por el kiosko, por el Instituto de Geología.  Debo cruzar el eje vial y seguir algunas cuadras.  
Me gusta el clima de hoy, ideal para caminar:  soleado y fresco, lo justo para una larga excursión.  Conforme voy entrando, las casas se vuelven más y más antiguas.  Algunas están restauradas y habitadas, otras muy maltratadas (y habitadas) hasta la última categoría, las que de plano están al borde del colapso y se venderán como terreno, cosa que efectivamente señalan algunos carteles en las fachadas.
Llego a la Alameda. El hermoso kiosko sigue allí y actualmente está en restauración.  Maravillosos colores, estucos espléndidos.  Me encanta y lo fotografío, es una delicia, como un suculento loukoum.
Frente a la Alameda, el Instituto de Geología, edificio igualmente interesante.  Pago diez pesos por un viaje en el túnel del tiempo: vitrinas, parquet, yeserías del techo, ventanas, vitrales. Todo me transporta:  mucha luz, piedras polvorientas y algunos esqueletos de dinosaurios y caballos prehistóricos.  No tengo prisa, recorro los pasillos, las piezas, los rincones de este edificio que tanto me recuerda los pabellones del Musée d”Histoire Naturelle en el Jardin des Plantes de París.
Salgo por fin, algo aturdida por tanta impresión de meteoritos y fósiles, para caminar hacia el otro extremo de la colonia, recorriendo ahora sí calles y metiéndome en las privadas y en los callejones. Saco fotos, me quedo contemplando fachadas y lo que puedo atisbar de algunos interiores.  En el mercado, veo un anuncio, «Gran Bazar", calle Naranjo.  Creo que sería una buena oportunidad para entrar en una de esas casas, si es que el lugar del Gran Bazar es una de ellas.  Me dirijo hacia allá y después de caminar algunas cuadras, sin dejar de detenerme frente a cuanto me llama la atención, encuentro la casa en cuestión.  Es en efecto, una casa de los veintes o los treintas, parte de un conjunto habitacional visiblemente auspiciado por Arturo Mundet, el fabricante de refrescos. Eso deduzco porque una de las privadas lleva su nombre y la otra se llama simplemente «Privada Sidral».  Pues bien, en la casa del bazar, nada indica que este evento se vaya a llevar a cabo.  Simplemente me asomo a una de las ventanas que da a la calle y veo una cama destartalada con cobijas sucias, un ambiente de total abandono, objetos y suciedad por doquier.  Me asusta tanto que renuncio a las delicias de ese shopping.
Sigo recorriendo calles y calles.  Sigo tomando fotos.  Observo que la gente aquí tiene miedo, porque muchas casas están protegidas por alambres de púas, algunos electrificados; puertas de metal y tubos que bloquean el paso.  Lo peor que se le pudo hacer a estas elegantes pérgolas, balcones, balaustradas y portones.   Este ambiente de inseguridad contrasta con la alegre vagancia de mucha gente, que hace su jogging, pasea a sus perros, saca a sus niños del kinder y va al mercado...   Todo parece pacífico y tranquilo, flota un aire feliz y la vida parece lo que debería ser en un barrio ni muy rico ni muy pobre de cualquier ciudad normal.  
Ya de regreso, veo por la ventana el interior de un espacioso y bello departamento, decorado en un gusto muy contemporáneo, con fotos enmarcadas y paredes de un blanco cremoso.  Hay plantas y luz.  Me digo que en otra vida, me gustaría vivir aquí y ver cómo es desde adentro  la colonia Santa María.
Tomo un pesero a San Cosme, me topo con la zapatería La Ribera (que conozco desde bebé), con Mascarones, con la Secundaria Anexa, donde iba David, el primer chavo del que me enamoré... Pero todo esto es otra historia.      
   

mercredi 27 octobre 2010

UN POEMA DE VIAJE





Un poema y una foto de mi último libro,  Hilos Mayas. 


LA VENTA


Tres cabezas
piensan mejor que una
¿y qué tal diez? 
¿qué tal cincuenta?

El reino del poeta
es el terreno de la iguana
y de la piedra
de la hoja nectarina
y de la tinta verde. 

El reino del poeta
tiene mil cabezas
cuyos cuerpos 
se esconden en la tierra.

El reino del poeta
es laberinto de palabras
de lianas, de mosquitos
y de gatos grandes como una selva.

Es un poema vivo 
para tocar y caminar, 
un prendedor frondoso 
de esmeraldas
en las entrañas de la ciudad abierta.

SOBRE LOS COCHES VIEJOS



VW
Mi coche va perdiendo hasta la vergüenza
Poco a poco se va desintegrando
va cayendo en el abismo  de la chatarra.
Desesperada le compro piezas
le pongo parches, le doy aceite de beber
lo entrego a manos cirujanas;
pero él va renunciando, ya lo siento,
se va metiendo en el limbo
de los coches viejos
de lo que no se recupera
ni se recicla...
¿y si lo dejo ir?
¿si yo también aprendo a renunciar?

jeudi 23 septembre 2010

MI VIAJE A YUCATÁN

Palenque e Izamal, dos lugares mágicos


por LGB
Durante siglos, la península de Yucatán fue considerada como un territorio extranjero. Extensión territorial, nos decían en la primaria. No parte del país central y serrano. No. Una region algo inhóspita, de costumbres extrañas y más cercana a La Habana que al DF. Así que con ese bagaje, partí a Yucatán.

Está claro que los viajes transforman. ¿Y cómo no sentirse transformada después de un viaje así?
Mis expectativas más locas, mis sueños más selváticos, mis deseos más arqueológicos se vieron satisfechos. En julio, tiempo de lluvias. Y con la suerte de que no nos tocaran diluvios e inundaciones.
Con la familia venida de Francia, con Jean-Pierre mi esposo y mi hija Nina. Siete en una camioneta, al principio limpia, al final casi tan desordenada y sucia como el cuarto de cualquier adolescente.

Primera etapa el DF, la casa del compadre Juan Jacob, el mezcal de Chalmita, la choucroutte legendaria que Juan prepara siempre que nos vemos. Y al otro día, el trayecto a nuestra primera etapa, Tlacotalpan. Yo había visto este pueblo en múltiples películas pero cuando lo vi en piedra y pintura (las carne y hueso de la arquitectura), me pareció mucho más hermoso y mítico: un lugar de cuento, con esa plaza y esa iglesia color de hielo, con esas calles que parecen sacadas de un cuadro de Delvaux o de De Chirico: columnas y casas de mil colores, ordenamiento de ángulos y aristas; interiores que se dejan entrever coquetamente, poblados de muebles de maderas aromáticas y de encajes. Un verdadero encantamiento.

Y los días siguientes, la carretera interminable y llena de sorpresas: en el parque de La Venta en Villahermosa pensé en el poeta, en el alcance del sueño de un poeta que se trajo la selva al corazón de la ciudad; selva poblada de cabezas gigantescas y animales tropicales. Después más carretera y el susto de ver que casi mil kilómetros nos separaban de nuestro destino, Mérida. ¡Qué país tan grande! ¡Qué lejanía de nuestra sierra chichimeca!

Después de horas y horas de puentes, selva, verdor, humedad, nubes cargadas de luz, llegamos a Campeche, ciudad de murallas y de palacios. Un centro simétrico, con edificios de colores pastel. Música, alegres bailes, una paleta helada de limón para quitarse de la garganta el polvo del camino; la piel sudorosa y los bordados espléndidos de los trajes de mestiza.

Mérida nos toca de noche y con ella, la búsqueda de la casa rentada durante varios días. Cuando por fin damos con ella, la buena nueva es que a pesar de que el barrio no lo deja ver, todo en esta casa es bello y ordenado, todo esta hecho para que el huésped esté cómodo y sea feliz, desde las recámaras espaciosas hasta la cocina cuyas paredes están cubiertas de azulejos guanajuatenses. Sin olvidar lo mejor: la piscina, en la cual nos zambullimos de noche, rodeados de cactus y de hojas de plátano, de árboles de guanabana y papaya. Recuerdo entonces las noches de mi niñez cuando en Tehuixcla nos metíamos a nadar de noche: la sensación del agua en la nariz, la tibieza del aire, el agua iluminada color glaciar.

Pasan varios días y Mérida nos llena de agradables imágenes y sensaciones. Recorrer el mercado, el centro, el museo de Arte Contemporáneo, ese cine art-déco; el suntuoso Paseo Montejo. Y luego de visitar la ciudad, también ir a Uxmal y a otros sitios extraordinarios: Chichén Itzá, Balaamku, Tulum...
Salgo de Mérida con ganas de quedarme, pero el frenesí de los otros viajeros me impone el ritmo a seguir: rumbo a Tulum, vemos Chichén y también ese pueblo tan indio y tan mágico que es Izamal. ¿Cómo no enamorarse de un patio de tales dimensiones? ¿O es un atrio? Arcos, infinitos arcos, verdura en el piso y azul apasionado en el cielo. Entre cielo y tierra, Izamal. Tendría que emplear mucho papel y palabras para describir lo que sentí en ese lugar, quizá porque si bien me conmueven los sitios prehispánicos, los lugares donde el mestizaje es evidente me tocan más profundamente.

Tulum, paraíso seudo-ecológico regido por el dólar me gusta de poco a nada. No olvido el mar turquesa y el sol maya, pero los lugares tan springbreakeros me revientan. Cuando por fin salimos de allí, el rumbo es más alentador: Palenque. Y en el camino, una larga carretera con retenes y soldados de quince años. En algún lugar llamado “El Limón”, una pirámide al borde del camino. Una verdadera y vieja pirámide sin anuncio ni bombos ni platillos. Algo extraño, entre iglesias protestantes y restaurantes; entre ferreterías y tiendas de comida para ganado. Una pirámide cubierta de moho y visitada por casi nadie.

Ya de regreso, Palenque, una real maravilla. Tumbas cubierta de cinabrio, arcos mayas, relieves, fechas; verdes extensiones separando los templos, árboles titánicos, aire denso y flores gigantes. También, de paso, el sitio de Balamkú, con sus relieves entre dos épocas, sus mosquitos asesinos, su soledad selvática, imaginable en otros lugares.

Minatitlán fue sólo un hermoso hotel del cual no salimos, cansados y sobre todo poco alentados por los alrededores ingratos. Supongo que conociendo gente, el lugar debe ser mucho más hospitalario. Para nosotros fue una etapa agradecida en el largo viaje de vuelta. También Córdoba, con su piel de café y Puebla, con su arcángel sublime invitándonos a subir con él a su pedestal.

La gente, los lugares, los sabores deliciosos de la comida, el primer trago de cada cerveza helada, el café caliente y los objetos creados por manos humildes y transmisoras de belleza. Tanta corriente subterránea que pasa por todos nosotros, mexicanos, corriente que parece a veces desaparecer y que surge intensa cada que tenemos la oportunidad de mostrarnos. De ahí que tengo un nuevo libro en gestación, un libro sobre lo visto, sobre lo vivido, sobre la maravilla de saber que a pesar de tanta pesadilla y tanto horror, en este país sabemos dar, tenemos talentos insospechados y sobre todo, somos portadores de una historia compleja. El próximo mes publicaré poemas de este nuevo libro sobre el largo y hermoso viaje por cinco estados de México, en la península de Yucatán.

UN POEMA DE LUISA FAMOS

Este final de septiembre, principio de otoño, incluyo una obra de la exquisita poeta suiza Luisa Famos , traducida por mí al español; también en francés y en su versión original en lengua romanche (aparecidas las dos últimas en Poésies, Ed. L'age d'homme, Poche Suisse, 1999)

LUISA FAMOS (1930-1974)

Cada otoño
de nuevo
nazco.

Cuando puedo leer
en la claridad de septiembre,
decir adiós a mi tristeza
que se va con las parvadas
poniendo estrías
en la línea blanca del firmamento.

Otoño, mi estación,
inflama mis ojos
con tu luz.

Chaque automne
à nouveau
je nais

Quand je peux lire
dans la clarté de septembre
dire adieu à ma tristesse
qui s'en va
avec les volées d'oiseaux
striant
la ligne blanche du ciel

Automne ma saison
gonfle mes yeux
de ta lumière.

Minch'utuon
Danouv
Eu nasch

Cur ch'eu poss leger
Illa clerità da meis settember
Dir adieu a mia tristezza
Chi parta
Cul svuol dals utschels
Strivland
La lingi' alba dal tschël

Utuon ma stagiun
Impla meis ögls
Cun tia glüm

vendredi 6 août 2010

Un texto sobre mi amor por EL PIANO


O cómo tocar mal y ser feliz


Sueño hace dos noches que ando en bicicleta en Las Acacias, el fraccionamiento donde viví de niña.
Estoy más o menos lejos de mi casa, en el camino a mi clase de piano, pero me quedo a dos cuadras, no sé por qué. No avanzo más, no me acerco...
Durante toda mi infancia, el piano, la clase de piano, fueron un casi-llegar y nunca alcanzar, un casi-estar, un casi-ser. Mi mamá no tomó en serio mi vocación pianística ni alentó mi intención de dedicarme a eso como una profesión. Las clases fueron años de práctica y de música sin un objetivo particular.

Las clases
Tendría siete u ocho años. Le habían dicho a mi madre que no podía empezar el piano si no sabía leer, así que que apenas aprendí, buscó un maestro en el vecindario. No era muy cerca; quizá 3 o 4 kilómetros de la casa, en un fraccionamiento vecino en Atizapán. La maestra era una joven alta, de chongo típico de los sesenta; vivía en una casita pequeña y algo sombría. Tenía dos nenes, Toñito y Mari, y su esposo era un señor bastante mayor que ella, pianista de bar.

Durante años fui dos veces por semana, en la tarde. Al principio me llevaba mi mamá. Luego me iba yo sola, en bicicleta (algo que merece mencionarse con más detalle en otro lugar, mis andanzas bicicleteras). Pasaba una hora y a veces podía quedarme otra, practicando, porque no tenía piano en casa. Esto pronto fue un problema, aunque nunca entendí por qué. Es decir, nunca entendí que tenía que practicar y que la clase simplemente era el momento en el que el maestro revisa el trabajo del alumno y corrige errores y vicios. Y vicios yo tenía muchos. Mi maestra, aunque adorable, nunca se dio cuenta de que yo me aprendía todas las partituras de memoria, y que en realidad no sabía leer la música. Tenía pues una memoria prodigiosa pero no sabía leer. Esta situación duró muchísimo tiempo, del principio al final del periodo en el cual tomé clases con ella. Mari, creo que se llamaba (Si sus hijos se llamaban Toñito y Mari, su esposo Toño, ella lógicamente tenía que llamarse Mari).

Me encantaba ir a pesar de que sentía (sabía) que no era la mejor maestra. Su esposo me enseñó a ponerle acordes a las canciones y ella me enseñaba los clásicos, junto con los ejercicios del libro de John Thompson (creo), el odioso Hannon y al cabo de un tiempo, el Czerny, para la digitación. Tres años después de haber empezado, ya sabía bastante y el esposo sugirió a mi mamá que podría quizá entrar al segundo o tercer año del Conservatorio. La respuesta de mi mamá siempre fue la misma: “¡Pero como pianista se va a morir de hambre!”

Alguna vez mi amiga Yesmín me invitó al recital de la hija de una amiga de sus padres, una niña catalana. Después del concierto, hubo una recepción en su casa. Era una mansión llena de gente chic. Me intimidaba el hecho de estar allí frente a esa chica (tendría 17 años) ya casi pianista, rodeada de tanta aprobación. Creo que los padres a veces, sin darse cuenta, tienen un componente sádico. ¿Para qué enviarme a presenciar el éxito de esa muchacha si mi mamá sabía que yo nunca iría al conservatorio? Fue en verdad, un juego inconscientemente cruel.

Los pianos virtuales
Pero bueno, las tonterías de los padres hay que perdonarlas, sobre todo si fueron padres aceptables, como los míos... Pero ya entrados a hablar de las tonterías, otra muy buena fue la del piano. Mi mamá estaba ahorrando para comprar mi piano. Durante toda mi infancia escuché esa cantinela: “Los Bonos del Ahorro Nacional son para tu piano... el piano por aquí... el piano por allá”. En alguna ocasión, inclusive la imagen del piano se volvió realidad: alguien nos propuso un piano de estudio y ella fue a verlo. Dudó, se dijo que quizá no era tan bueno, dio un paso adelante y dos atrás y finalmente no lo compró. Cuando quiso comprarlo, meses después, ya se había esfumado.
Pasaron algunos años y en un momento de grave crisis económica en la familia, me confesó avergonzada que “los bonos del ahorro nacional nos los comimos”. ¿Quién podría guardarle rencor por eso?

Un fantasma
Extrañamente, cuando nos mudamos a Querétaro, mi mamá insistió para que yo volviera a tomar clases. Tenía 17 años y unas ganas locas de irme de la casa; no estaba ya para nada motivada por el piano, pero fui a tomar algunas lecciones con una maestra que vivía en una hermosa casa queretana. Se trataba de una señorita anticuada, menuda y con mucha clase. El piano estaba en la sala repleta de retratos de familia, cortinas de terciopelo y olor a rancio. Fui durante algún tiempo, varias veces por semana a que me dijera que tocaba fatal, cambiara mi manera de poner los dedos sobre el teclado y tratara de corregir los errores de mi anterior maestra.

De esas clases, me queda el recuerdo de una conversación muy rara que tuve con ella. Mi mamá tenía un restaurant vegetariano y le había mandado algunas deliciosas empanadas de zarzamora. La señorita me dijo que gracias pero que a ella no le gustaba la comida. Desde la voracidad de mi adolescencia, le pedí que me repitiera la afirmación; quizá no le gustaba alguna comida... pero ella insistió con ganas: “No, no me gusta comer... no como nada” “Ah, ¿y cómo sobrevive?” pregunté extrañadísima. “Pues a veces me como un bistec, a veces un pedazo de pan, pero por lo general, no como porque no me gusta comer...” Esto me quitó por completo las ganas de estudiar piano con ella, y desde luego, las ganas de volver a su casa.

Un teclado
Olvidé el piano por muchos años. Hasta que en París, surgió la oportunidad de hacer un cambio provechoso: una trompeta que Jean-Pierre nunca tocaba contra un teclado eléctrico. No sonaba súper bien pero imitaba de alguna manera la sonoridad de un piano. Aún con dos octavas menos, se podían tocar muchas partituras. Así que lo cambiamos y el pianito quedó instalado en lugar de honor del pequeño departamento de la Rue Pelleport. No tenía mucho para tocar, empecé a hacerlo de oído, aprendiendo canciones, imaginando cómo acompañarlas. Horas de diversión. Los clásicos serían para otra ocasión.

El piano
A mediados de los ochenta, falleció el papá de JP. Su piano, ya lo conocíamos, de todas esas veces en que lo visitamos y tocábamos como quien no quiere la cosa. Nadie de la familia se opuso a que el piano nos llegara a nosotros. Después de algunos meses encontramos un buen transportista e hicimos llegar el instrumento a la casa, rue des Vignoles. Ahí sucedió mi verdadero reencuentro con el piano. Empecé a reunir partituras, a pedir prestadas y a fotocopiar. La Mediathèque Hergé, en La Goutte d'Or, tenía una biblioteca de partituras. De ahí viene la mayoría de las que tengo. Sí, lo sé, la fotocopia no es legal, pero... cuando no se tiene dinero, se necesita ingenio. Tenía ganas de tocar, tenía ganas de explorar de nuevo, y quizá de recuperar el tiempo perdido. El toque del piano de Claude, mi suegro, era un poco duro pero poco a poco me fui acostumbrando a él.

RUE POINCARÉ
En la rue Poincaré me impuse la disciplina de tocar por lo menos media hora diaria. Así que cada día, al salir Nina del kinder, la rutina era de ir a la panadería a buscar algo rico para su gouter y luego en casa, ponerla delante de una película (por lo general Le roi Lion o Zazie dans le Métro) mientras yo hacía mi media hora de piano. Ahí aprendí la sonata fácil de Mozart, exploré de nuevo las invenciones de Bach, me inventé otras maneras de acompañar mis canciones preferidas. A veces, antes o después de mi práctica, podía escuchar a Roya, nuestra vecina iraní tocando alguna difícil sonata de Beethoven.

LA TRAVESÍA
Cuando en 1998 decidimos venir a vivir a México, no dudamos ni un instante en traernos en piano. En gran parte porque sabíamos que si lo vendíamos, nos sería difícil comprar uno aquí. Así que la compañía de transportes que atravesó el océano con nuestros 6 metros cúbicos, fabricó una caja especial de madera para el piano, misma que fue transformada en mueble por JP, una vez aquí. La caja llegó con sellos y menciones de los puertos de partida y de llegada: Antwerpen, Altamira. Cuando lo recibimos, venía en un camión de mudanzas y los señores lo bajaron y lo transportaron hasta la casa... en una carretilla que había en el jardín.
Desde entonces, el piano nos acompaña, me acompaña para cantar canciones (Sofisticated Ladies, Satin Doll y otras) y también me alegra el corazón cuando toco los movimientos que más me gustan de las sonatas de Mozart o de las variaciones Goldberg. Es una presencia imprescindible en la casa, un objeto a la vez familiar y exótico en estas latitudes. Por fin tengo un piano, el ciclo se cierra; la nostalgia de lo que no fue desaparece y yo, aunque pésima intérprete, me adentro en la jungla de las notas y en los misterios del lenguaje musical con los ojos atentos y el corazón abierto. Cada vez.








lundi 21 juin 2010

DOS POEMAS LGB SOBRE PERROS/TWO POEMS ABOUT DOGS

(English version by Ana Cervantes below)
Foto: LGB 

LOS PERROS FELICES

Los perros felices
son felices en serio
no dejan que ninguna nube
les pase encima
cuando juegan en la playa
o corren en el llano.

Gastan todas sus reservas
de una vez
en los exquisitos picos
del gozo;
se vuelven ciegos y sordos
por fuera
para ver y escuchar
sólo a sus entrañas carburantes

los perros felices sonríen por dentro
no tienen pensamientos
en el patio trasero
se dejan ir en el momento
cuerpo, alma,
espuma, hierba
no tienen edad
y desmoronan certidumbres

los perros felices
son un ejemplo
para la juventud…


COLOQUIO DE PERROS
Empezó la perra muda,
echando atrás su cabeza de miel;
cerró sus ojos de pantano,
lanzó el mensaje en la noche
negro como boca de coyote,
salpicada quizá por gotas lácteas.

Lo verde del nopal y sus espinas
son garras de pantera, peinan los aullidos.

Perros aquí y allá, perros distantes,
pelones y lanudos perros atravesando
el oscuro telón del cielo,
perros patas cortas o alargadas,
hocico chato, enanos o mastines,
lo negro es su elemento y conversan
cuando nosotros ya nos fuimos
al reino donde el tiempo muere,
donde la vida se suspende en hilos de vapor.

Se meten en la fisura y cuentan
goce o sufrimiento: la roña, las heridas,
la cadena supliciante y corta;
se cuentan y cuentan las caricias, la comida
las fiestas, cosas de otros, quizá nuestras
y sus gritos o murmullos se nos meten en el sueño...

Eternos perros, viajeros de la sombra.


TWO POEMS OF LIRIO GARDUÑO ABOUT DOGS.
(Translation from Spanish by Ana Cervantes) 

HAPPY DOGS
Happy dogs
are seriously happy
they allow no cloud
to pass over them
when they play on the beach
or run on the field.

They spend everything they have
all at once
in the exquisite pinpricks
of delight;
becoming blind and deaf
on the outside
so as to see and hear
only their pumping insides

happy dogs are smiling inside
they have no thoughts
in the back yard
they let themselves go into the moment
body, soul,
foam, grass
they are ageless
and dismantle certainties

happy dogs
are an example
for youthfulness.


COLLOQUIUM OF DOGS
The mute dog started,
throwing back her honey-colored head;
closed her marsh-colored eyes,
and launched the message into the night
black as a coyote’s mouth,
spattered perhaps with milky drops.

The greenness of nopal and its spines
are panther’s claws, combing the howls.

Dogs here, dogs there, distant dogs,
shorthaired dogs and hairy dogs crisscrossing
the dark backdrop of the sky,
dogs with short legs, dogs with long ones,
flat-snouted, tiny dogs and mastiffs,
blackness is their element and they converse
when we’ve already gone
to the kingdom where time dies,
where life is suspended in threads of steam.

They edge into the fissure and recount
delight and suffering: mange, wounds,
that tormenting short chain;
they recount and recount the caresses, the food
the parties, other people’s stuff, maybe ours
and their shrieks and murmurs creep into our dreams …

Eternal dogs, travellers in the shadow.





lundi 24 mai 2010

Un poema sobre MI CASA

SIEMPRE LA CASA

La casa es el cuerpo
abierto de un amante
la casa es el puerto y la barca
en la cual viajamos cada noche
a la isla de los muertos.

La casa tiene fallas, cicatrices,
accidentes del tiempo,
arrugas prematuras.

Pero la casa es también joven
trae blanca túnica
zapatos de verano,
lleva una tiara de rombos y de flores
se abanica con los juncos.

En su vientre pasa todo,
los juegos, el piano, las palabras,
las risas, los maullidos,
el silencio azul e inquieto
de las noches lunares.

La casa:
caja de palabras
y de besos.


(la imagen que ilustra este poema es una pintura de David Hockney, "Casa en California", 1983, Metropolitan Museum of Art, NYC)

EL GOL, un poema sobre la infancia


Para Jean Pierre

Él me dice que a veces la experiencia
no nos sirve y que nada
nos salva de meter la pata:
después de la vejez viruela;
aunque también es bueno olvidar que antes vivimos
y pensar que somos nuevos flamantes niños como hoy,
cuando su gozo es transparente,
duro como la piel de los ocho años,
brillante como un pedazo de vidrio
echando estrellas desde el piso en una playa.

Olvidar que crecimos, que hubo lágrimas, lagunas
mares y pantanos en los días,
estar aquí en el terciopelo de la cancha,
en el sudor primario del propio cuerpo
habitado por el antiguo chaparrito
que aprendió a tejer jugadas con los pies;
ver venir la bola, meterle gol a las penumbras
en el corto instante en que el azar
es hijo de la nada,
como una hoja en blanco para escribir
su deslumbrante asombro.

Sigue viviendo el gol después de lo vivido,
se pasa la jugada en cámara lenta, desde ángulos distintos,
y reconozco al niño de Rabat, al de la bici,
los cohetes, las banderas,
el de rodillas escarchadas y ojos enormes como faros;
el que contempla el mundo con sorpresa
desde el fulgor nunca perdido del origen.



mercredi 21 avril 2010

OTRO POEMA SOBRE SUEÑOS



SIRENAS

En mis sueños hay sirenas
zapatos de escama, olor mareño;
en mis sueños las sirenas sueñan
con instantes devorando
mi cabeza.

Mi cerebro trepanado
les sirve de entremés;
tienen afilados dientes
de niño malo,
se nutren con mis nocturnas aventuras
-son primas del vampiro
y casi tan bonitas como él-.

Las sirenas cantan
con voces alérgicas al mundo,
tienen cuerpos ondulantes,
manos ávidas;

juegan con mi tiempo y pareciera
que en esa vida oscura y submarina
gobernaran, siempre.

UN POEMA (ALGO) ERÓTICO




A DISCRECION

Ambos eran negros y hermosos
esculturas de ébano con ropa de París
no los vi más de un segundo,
pero la impronta se quedó por siempre,
quizá porque nunca antes estuve
frente a gente que hacía el amor contra una puerta.

La escalera monumento arriba
era de estatuas y gatos malolientes,
la siniestra galería de abajo
coronaba un interior que no era aún
un interior de veras
y en el negror, como negra era su piel
cogían furiosamente cuando yo los descubrí.

Salí corriendo sin aliento,
como quien acaba de ganarse un par de zapes
estoy segura de que el pintor francés que allí vivió
hubiese hecho
exactamente lo mismo.

Eso se llama tacto.

mardi 9 mars 2010

MÁS DE MI LIBRO "HISTORIAS NATURALES"



Otro poema del libro Historias Naturales (escrito en colaboración con mi hija Nina Olga Buono): ahora la personalidad y la historia de una gata particular:
(English version below)

ALBINA, MUÑECA VIVIENTE

Creemos que está rellena de transistores
de finos cables fluorescentes
y minúsculos hilos
sólo visibles en microscopio.

Su figura es
la de una momia egipcia
embalsamada en primavera de arena
y su fina piel, su cara,
podrían ser las de un armiño traicionero.

Es un enigma dulce
con una pizca de planeta extraño
viene de la galaxia de la leche
y sus ojos de glaciar nos interrogan
pues no se sabe aún
porqué alguien la mandó sobre esta Tierra.

Un gato malevo le dejó la marca
de los amores no correspondidos
una cicatriz que va de la pata al corazón.

Después de la costura
quedó como muñeca de trapo
fugitiva de abuelas hijas nietas
o como la criatura de un Frankenstein gatuno
caminando de milagro entre la hierba

Sigue hermosa
a pesar de todo
pero no logramos entender aún
quien
de verdad
Albina es.

ALBINA, LIVING DOLL
(translation Ana Cervantes)

We believe that
she’s full of transistors,
tiny fluorescent cables,
and threads
visible only through a microscope.

Her shape is
like an egyptian mummy
embalmed during a sandy spring:
her delicate fur and those features
could be those of a
treacherous ermine.

She’s a sweet enigma
a little bit from a strange planet.
She comes from the Milky Way
and her icy eyes question us
because no one knows
why she’s been sent here to our Earth.

A mean cat marked her
with his unrequited love,
a scar that goes from her left paw
to her heart.

After being sewed up,
she is like a rag doll,
a smart offspring of
Cat Frankenstein.
And even so,
we can see her
walking miraculously
through the grass...

She is beautiful
in spite of it all,
but still, we don’t get
who
Albina
truly
is.

UN DIA EN NEW YORK




Crónica de un viaje, mayo 2008

Cuando llegamos, no sabía aún si podría entrar a la Gran Manzana, porque no tenía visa para Estados Unidos; sólo mi pasaporte francés, nuevecito pero sin visa. Ana pasó por el corredor de los ciudadanos estadounidenses, yo por el de los demás; el agente migratorio se veía cansado a las once de la noche, igual que nosotras después del viaje. Ni se molestó en preguntarme nada, simplemente pasó mi pasaporte por una máquina y me lo devolvió, después de poner mi dedo en un verificador de huellas.

Al salir del aeropuerto, tuve la sensación de estar en alguna peli, con los yellow cabs llegando y saliendo frenéticos, la gente con prisa subiendo y bajando de ellos. Nos formamos y pronto estuvimos dentro de uno, conducido por un joven que podría ser de la India. Iba a la velocidad del rayo. Por las ventanas, noche y agua, luces reflejándose en el agua, mucha agua; de repente el skyline de la ciudad, sí, exactamente como en las películas, los puentes iluminados, el túnel de entrada, los edificios del lower west side…

Mis recuerdos de Nueva York eran difusos. Vine hace veintiseis años y si bien tengo imágenes precisas de muchas otras cosas, de mi llegada sólo recuerdo JL, mi hergmana neoyorkina vino por mí y al verme declaró de inmediato que yo estaría en esta ciudad como pez en el agua.

Esta vez fue diferente: al entrar en Manhattan, me pegué a la ventanilla del auto como uno de esos peces de acuario, me sentía una provinciana que nunca antes vio la gran urbe: edificios, calles angostas, luces. Llegamos por fin al Holiday Inn Madison Square. Entramos al hotel de inmediato, y mientras Ana pedía mapas en la recepción, yo me metí en la habitación y lo primero que hice fue encender la tele. La primera imagen que vi fue la de una beata y un cura en plena confesión, dos actores mexicanos de una serie cómica de lo más chabacano. Sí, La Chabelita recibiéndome a New York.

Como Ana es alérgica a la taravisión, no seguí explorando más canales, como hago siempre que llego a una habitación de hotel. Simplemente nos preparamos para el sueño y dormimos.

La mañana siguiente era calurosa y bella. Una mañana de verano en la ciudad. No tenía mucho tiempo para quedarme estudiando el mapa porque teníamos que entrar de inmediato en acción. Bajamos a desayunar. El desayuno era típicamente americano, todo sintético, lleno de grasa y deliciosa azúcar. Papas asadas, salchichas, omelette, cereales, café e increíbles muffins pre-untados con mantequilla. Lo mejor para hacernos olvidar cualquier dieta o intento de nutrirse saludablemente.

Ana tenía mil citas y cosas que hacer, así que de repente me vi en la calle, sola y con el mapa del metro en la mano. De mis antiguos viajes a la Gran Manzana recordaba vagamente la geografía. Creo que nunca estuve en este barrio antes, así que simplemente me orienté hacia el metro siguiendo esa calle y atravesé no sé cuántas avenidas hasta llegar a él. Para eso tuve que pasar frente al increíble Flairon Building de Burnham y el Madison Square Garden que en esa estación del año era un portento de verdor y de frescura. Con prisa, porque sabía mi tiempo limitado, me detuve muchas veces a tomar fotos de las fachadas, del jardín, de las calles. Me detuve también a respirar el aire de verano y la felicidad de estar allí.
En cierta calle, una selva: todas las tiendas posibles de plantas y flores. Conforme caminaba, surgían las tiendas de los importadores chinos, tiendas de recuerdos de NY, un autobús lleno de turistas canadienses... Al entrar al metro, un hombre me preguntó su camino, lo cual me reconfortó bastante. “¡Vaya, me veo como alguien que vive aquí!” Sin embargo, mi inglés titubeó al comprar el boleto y ya hacia los andenes, me encontré sin saber qué dirección tomar. “¿Adonde carajos voy? Sólo sé que tengo que subir y subir, y bajarme en la calle 96 adonde llego por fin en veinte minutos” Efectivamente, al llegar a la 96 y Madison Avenue, recordé el camino hasta la esquina del Guggenheim, ahora en plena renovación y con la hermosa fachada por completo cubierta de lonas y andamios. Bueno, primero lo primero: dirección el Metropolitan Museum of Art. Era lunes y muchos museos estaban cerrados. Mi primera elección, de no ser así, habría sido el MOMA. Pero bueno, modestamente tuve que conformarme con el Met.

Escogí la sección de pintura moderna, americana y europea. Qué maravilla, recorrer todos esos pasillos y salas. Aunque estaba aún lejos de mi destino, disfruté cada paso: arte precolombino mexicano, una serie de pasteles de Francesco Clemente en el corredor, una breve expo sobre Super-Héroes...

Por cierto, esta expo me hizo pensar en la enorme diferencia entre la cultura estadounidense y la europea. En Europa ahora se hacen expos de este tipo, sobre cultura popular, pero es realmente algo que viene de EU. Poner las artes populares a la altura y en el mismo pedestal que las bellas artes. La exposición era buenísima: los trajes de Supermán, de Batman y Robin, de la Mujer Maravilla y mi preferido, el de Michelle Pfeiffer como Gatúbela... Algunos de ellos fueron diseñados por creadores de moda, otros por vestuaristas de cine y televisión. Algunos eran versiones fantásticas inventadas por Versace o Jean-Paul Gaultier...

Luego, pintura hasta el hartazgo. Hice bien en reservarme para esto: Balthus, Georgia O'Keefe, Max Ernst, Brancusi, Giorgio di Chirico, Kandinsky... una verdadera orgía. Colores, formas, descubrimientos. El privilegio de estar viendo esto en vivo y no en una reproducción (lo cual, siempre lo he dicho, es mejor que nada), estar allí, a dos palmos de las telas que ellos pintaron con sus petits doigts boudinés... Pensé en el camino larguísimo que estas obras recorrieron antes de llegar aquí, en las vueltas de la historia, en las injusticias y desventuras de muchos de estos artistas, pero también en la fortuna de verlos aquí reunidos. La sala O'Keefe es una locura: gigantescas flores, colores apastelados y sin embargo tanta fuerza... Balthus también me gusta, aunque sobre él y su obra exista un perfume de escándalo y pedofilia. Este enorme cuadro de los alpinistas me parece un verdadero enigma, se podría escribir toda una historia sobre los personajes: las jóvenes y los chicos, en esas montañas, con una extraña sombra atravesando la composición...

Pasadas las primeras diez salas, ya no supe ni mi nombre: “¿Quién soy, adonde voy?” Sólo sabía que tenía que ver a los grandes maestros del arte americano, esos que (ahora sí) recordaba de manera tan vívida de mi primera: Jim Dine, David Hockney, Jackson Pollock, Helen Frankentaller... Otra orgía, más horas pasando y ¡yo nadando en el color, en las líneas juguetonas de Jasper Jones o de Aschille Gorki!


Antes de irme, después de muchas horas, subí a la terraza e hice bien. Es un espacio abierto, cubierto por completo de madera de Tek, con dos enormes esculturas figurando globos cromados de Jeff Koons: corazones, conejos, un perrito... y alrededor, plantas, gente sentada disfrutando el clima estival; Central Park atrás, la 5a avenida delante, los increíbles remates de los edificios, tinacos, muchos árboles... no hubo otro lugar donde yo quisiera estar en ese divino momento.

Para salir, tuve que atravesar el museo entero: y tragar más y más arte e historia: recámaras renacentistas, armaduras medievales, cuadros antiguos... Llegué quién sabe cómo a la tienda del museo, donde pude comprar regalitos y traté de dar a mi cerebro un poco de descanso. ¡Comer pintura puede ser peligroso!

Al salir, me dirigí de nuevo hacia el Guggenheim, donde había una enorme expo de Cai Guo Qiang, no sin antes comer de prisa un hot dog pinchísimo que me costó cuatro dólares. Al Guggenheim, dudé en entrar porque a esas alturas estaba muerta de cansancio; en lugar de entrar, me senté a contemplar el vestíbulo circular durante largos minutos, bajo los flashes intermitentes de seis o siete coches suspendidos del techo y de animales salvajes (lobos, tigres) subiendo en loca carrera por la plataforma del museo. Ambas cosas constituyen un espectáculo de lo más intenso...

Finalmente fui a la tienda a comprar otros regalos: lápices, un libro sobre el Guggenheim en las caricaturas del New Yorker, libretas...

Quise regresar en camión al hotel, pero no supe cómo tomarlo. Parada en la esquina, hice parada a varios autobuses que ni caso me hacen. Después de 10 minutos, constatando la inutilidad de mi maniobra, decidí regresar en metro, porque además... ya tenía el boleto de regreso (tout ca pour ca?!)

Sabía que no tenía ni tiempo ni energía para seguir vagando, pero quise comprar algo que marcara mi breve estancia aquí, como hago siempre en todos los lugares adonde voy: unos aretes, un collar, alguna prenda de vestir... Una manera de llevarme el lugar en cuestión conmigo, piel con piel...

Casi perdí esa esperanza, pero ya caminando al hotel, en una tienda ví unos zapatos chinos, de esos de tela, en diferentes colores. Baratísimos y muy hermosos, compré cinco pares, dos para Nina y tres para mí: rojos, naranja, azules, blancos. Un postre para la vista, después de tanto color visto este día.

Llegué a reunirme con Ana, justo a la hora de la partida hacia New Jersey.
Otra aventura que narraré en otra ocasión.

mardi 9 février 2010

ESCUCHANDO A REVUELTAS


ESQUINAS

Mucho me conmueve la música. La tengo tan adentro, que a veces siento nadar en ella. Entonces no sé si es propio decir que me conmueve, pues conmover es una acción de afuera para adentro. ¿Cómo me puede “conmover” algo que traigo puesto? ¿Que es mío?

Escuchar Esquinas de Silvestre Revueltas, en sus dos versiones, me remite a la música, y también a algo que está pegado a la piel de “esa música”: la ciudad. Yo sé que a Revueltas no le hubiera interesado el que su música evocara tantas cosas. ¿O sí?
Sé que él quería que su música fuera música. Y como tal la escucho. Pero no puedo evitar encontrar en sus aristas, en los colores naranja y sepia que aparecen en claroscuro, en los pregones hablados por sus instrumentos, la ciudad que acompañó mis primeros años, mi aprendizaje de la vista, del tacto, de los olores callejeros, de las pláticas y los motores, de lo que hace que Esquinas sea algo así como un enorme edificio Art Déco, cubierto de referencias al pasado prehispánico y virreinal, con vanos por donde entran raudales de luz y también con rincones sombríos y misteriosos.

Mi madre, nacida en 1930, me contaba su ciudad. Y de hecho, era una ciudad muy parecida a la de mi primera infancia, una ciudad que había conservado su fisonomía en los treinta años que separan el nacimiento de mi madre del mío, en 1960. Sí, era aún la misma ciudad, la que hoy tiene rincones desaparecidos por completo o sepultados bajo otros nuevos, como las pirámides superpuestas del Templo Mayor.
¿Qué vio mi madre en su infancia? ¿Hasta qué punto me transmitió su visión del universo urbano? Las mismas calles, los mismos edificios vetustos en franca vecindad con arquitecturas geométricas e innovadoras.

En la esquina de donde vivían mis abuelos, se encontraba el “Centro Escolar Revolución”, escuela en la que mi madre cursó la primaria. Era un himno a lo geométrico y a la racionalidad del Art-Déco, una verdadera mole que ocupaba varias manzanas, de trazo regular y cuya entrada estaba escoltada por varias esculturas de rotundos e imponentes.
Esa esquina es una de las esquinas de Revueltas.

Con mi madre, caminábamos por el centro de la ciudad de México: nos metíamos a viejas casonas que alguna vez fueron palacios y en ese tiempo se encontraban en el más terrible abandono, algunas al borde de la ruina, tan al borde que daba miedo pasar bajo sus portales apuntalados, pasearse por sus patios carcomidos. Sin embargo, entre el miedo y el gozo, entrábamos. Y ella me hacía notar alguna ventana, algún remate, algún óvalo escondido o tapiado, dos columnas que alguna vez tuvieron capiteles. Y me contaba que en ese rincón iba a comprar tal o cual cosa, que su papá trabajaba en tal lugar, que le daba miedo pasar por las accesorias de las Vizcaínas, que en esa escuela estuvo Sor Juana; que trabajó en una casa de marcos llamada Morett y que le gustaba ir a tomar al café Tacuba al salir del trabajo.

El Museo Hans Mayer no existía aún. El antiguo hospital era un mercadito mugroso de artesanías. Las tiendas eran exiguas, la instalación eléctrica estaba a la vista, había corredores por los que no se podía caminar, tanto era el riesgo de sentir el piso desmoronarse. Y sin embargo, con mi amiga Emmy o con mamá, era un placer internarnos en él. El antiguo espacio nos devolvía su destino primero, éramos capaces de verlo como antes, de traducir sus volúmenes originales (aunque igual no debió ser un ejemplo de higiene o de belleza, pero en fin…).

No creo que esta música ilustre mis recuerdos. Creo más bien que los baña, que es el perfume preciso para ellos, como un vestido a la medida. La evidencia.

LGB, 2008
(CD: Silvestre Revueltas, OSUG, dirección J. Luis Castillo, UG, UNAM, Conaculta, INBA)

dimanche 7 février 2010

TRES POEMAS MARROQUÍES

Tinta sobre papel, 19 x 29 cm $200.00 (US dlls)
(English version below each poem. Translation: Dianne Romain, JP Buono)
¡Sigo encontrando material escrito en Marruecos! Estos poemas me gustan en particular porque JP y Dianne hicieron una hermosa traducción al inglés! del libro "Un Viaje" U. de Gto, 2000)

OCEANO MARE
Mar
color de ostra
planeta en ebullición
índigo y plata
fundidos en el helado instante
en que te toco
y me posees

helado mar
en el rojo verano de Marruecos
te contemplo a la hora de la hipnosis
la hora gris en que las voces bajan
cuando el idioma deja de lastimar
acaricia mis hombros y mis brazos

ya no arden en África
pertenecen.

OCEANO MARE
Sea
oyster coloured
planet simmering
silver and indigo
melted in the frozen momentinstant
when I touch you
and you possess me

Cold sea
in the red Moroccan summer
I contemplate you at the hypnotic hour
grey hour when voices become lower
when the language stops wounding
and caresses my arms and shoulders

they no longer burn in Africa
they just
belong.
Rabat, 2004.

MADRUGADA

Luz del desierto
sabor a dátil en los dedos
respiración de polvo
escaleras suaves
paja y tierra

día del inicio
viaje pero antes
jugo de sol
en el agua del milagro

Vecindad de palmeras y de sombras
sensuales bayaderas

parasol al piso húmedo
en medio del café

las niñas tienen sueño.

Zagora, julio 2004.


EARLY MORNING

Desert light
taste of date on my fingers
breathing dust
soft stairways of
straw and dirt

first day of travel
and before that
sun melts
into the water of wonder

near palms and shadows
sensual dancers
umbrellas on the damp floor
during the first coffee

The girls are sleepy.


MATINAL

Ojos y estrellas
sobre la tela azul marino

ojos florecientes
como un signo
estrellas abiertas como manos

pies guiando la cuerda
salvadora
hacia la luz
de otro día.


IN THE MORNING

Eyes and stars
Over navy blue cloth

Flowering eyes
Like a sign
Stars open like open hands

My feet guiding
a lifeline
towards another
daylight.
LGB, Zagora, july 2004.

mardi 19 janvier 2010

POEMAS DE LA ROPA

Publico parte del poemario que ganó el premio en Quintana Roo. El libro apareció en 2010.


ROPA EN EL TENDEDERO

El viento norte los anima:
surgen cuerpos
que algún día transpiraron.

Bailan como ahorcados
en lo marino de las flores y las rayas,
en el rosa frutal y mexicano,
en el azul apastelado de los calzones.

Bailan y no escapan de la vida,
hablan con su danza y adquieren
la exactitud de los fantasmas.


LA ROPA VIEJA

Mojada arruga triste,
cuerpo flácido en arroyo,
adornos de mugre y papeles de sabritas,
no le queda más
que decir su viaje último,
que sacar a la luz el momento del estreno,
del cuerpo bienamado,
del color de fiestas o revistas.

En el último escalón está la ropa vieja:
algo apestoso que ya nadie nadie quiere
y todos necesitan;

letrina y callejón de olvido,
pena y odio de no tener
a quien contar su historia,
y las ganas de matar a los que llegan.

La ropa vieja se acurruca y muere
pero tarda tanto que parece que está aún aquí,
sin vergüenza ni reojos,
cuero poliéster algodón rayón y látex,
la ropa vieja resiste y se resiste:

momificada
deja el mundo.


ROPA EN SUSPENSO

No hay pintor que lo refleje:
naranja de azafrán,
verde limón,
fluorescencia en crecimiento,

cegadores blancos
de sábanas nubosas
en suave danza vespertina

levitan y sonríen
poco les falta
para salir volando.


LA ROPA SUCIA

En el patio se retuerce,
calza el aire
la ropa sucia.

Se amontona en bolsas y susurra sorda
sus olores, sus manchas y su espera.

La ropa sucia podría quedarse sucia,
ser quemada,
mezclarse con inmundos trozos
de carne podrida, de cáscara de pera
y restos de guisado,
pero a mí me gusta
sacarla de la cesta
e imaginarla joven,
urgente de belleza,
dominando al mundo…

UN POEMA DEL LIBRO "HISTORIAS NATURALES"

h/Historias+Naturales+Gata.jpg">
Un poema escrito por mí, ilustrado a cuatro manos, con Nina Buono, mi hija. Es parte del libro Historias Naturales, publicado por Inst. Municipal de la Cultura de Gto., 2007
(English version below)

LA GATA ESA
Podía llamarse de cualquier modo
Pero el caso es
que salió caminando en cuatro patas
y volvió a la casa en dos.

Por arte de una noche en que el cometa
nos volcó su cauda helada
la pequeña gris se fue y creímos
que no regresaría.

Pero oh sorpresa
con un palmo de narices nos quedamos
al verla entrar con pantalón
corbata y blusa grana.

Pidió leche tibia en un vaso
con una pizca de canela por favor
y mirando alrededor buscaba el baño
¿podré tomar una duchita?

Desde luego durmió en cama
con sábanas blancas y tres colchones
por aquello del guisante, dijo.

Sus ojos maquillados
parecían aún más vivos
y creo que hasta habló
de asistir a la escuela al otro día
como parte de sus planes.

Al despertar buscamos
bajo el blanco lecho
en el comedor, en la terraza
pero ella ya estaba en el jardín
sin ropa
y limpiándose la cara
con su patita ensalivada.

THAT SHE-CAT
(Tranlation from Spanish by Ana Cervantes)

Her name
could be Anything
and the fact is
that she went out walking on 4 feet,
and came back on two.

That was the night when the comet
threw its icy tail over us:
the little grey cat went away
and left us thinking
she would never return.

But surprise!
We saw her going into the house
wearing trousers, a tie, and a magenta blouse.

She wanted warm milk in a glass,
“With a bit of cinammon, please”.
Looking around her,
she saw the bathroom, and asked,
“May I take a quick shower?”

She slept in a bed, of course,:
white sheets, three mattresses,
“because of the pea,”
she said.

Her eyes outlined with kohl
seemed more intense than ever,
and I think she even said
she would also go to school
as part of her plans.

The morning after, when we woke up
we looked for her
under the white bed,
in the dining room, on the terrace,
but she was already in the garden,
without any clothes,
and washing her face
with her little moist paw.