mardi 9 février 2010

ESCUCHANDO A REVUELTAS


ESQUINAS

Mucho me conmueve la música. La tengo tan adentro, que a veces siento nadar en ella. Entonces no sé si es propio decir que me conmueve, pues conmover es una acción de afuera para adentro. ¿Cómo me puede “conmover” algo que traigo puesto? ¿Que es mío?

Escuchar Esquinas de Silvestre Revueltas, en sus dos versiones, me remite a la música, y también a algo que está pegado a la piel de “esa música”: la ciudad. Yo sé que a Revueltas no le hubiera interesado el que su música evocara tantas cosas. ¿O sí?
Sé que él quería que su música fuera música. Y como tal la escucho. Pero no puedo evitar encontrar en sus aristas, en los colores naranja y sepia que aparecen en claroscuro, en los pregones hablados por sus instrumentos, la ciudad que acompañó mis primeros años, mi aprendizaje de la vista, del tacto, de los olores callejeros, de las pláticas y los motores, de lo que hace que Esquinas sea algo así como un enorme edificio Art Déco, cubierto de referencias al pasado prehispánico y virreinal, con vanos por donde entran raudales de luz y también con rincones sombríos y misteriosos.

Mi madre, nacida en 1930, me contaba su ciudad. Y de hecho, era una ciudad muy parecida a la de mi primera infancia, una ciudad que había conservado su fisonomía en los treinta años que separan el nacimiento de mi madre del mío, en 1960. Sí, era aún la misma ciudad, la que hoy tiene rincones desaparecidos por completo o sepultados bajo otros nuevos, como las pirámides superpuestas del Templo Mayor.
¿Qué vio mi madre en su infancia? ¿Hasta qué punto me transmitió su visión del universo urbano? Las mismas calles, los mismos edificios vetustos en franca vecindad con arquitecturas geométricas e innovadoras.

En la esquina de donde vivían mis abuelos, se encontraba el “Centro Escolar Revolución”, escuela en la que mi madre cursó la primaria. Era un himno a lo geométrico y a la racionalidad del Art-Déco, una verdadera mole que ocupaba varias manzanas, de trazo regular y cuya entrada estaba escoltada por varias esculturas de rotundos e imponentes.
Esa esquina es una de las esquinas de Revueltas.

Con mi madre, caminábamos por el centro de la ciudad de México: nos metíamos a viejas casonas que alguna vez fueron palacios y en ese tiempo se encontraban en el más terrible abandono, algunas al borde de la ruina, tan al borde que daba miedo pasar bajo sus portales apuntalados, pasearse por sus patios carcomidos. Sin embargo, entre el miedo y el gozo, entrábamos. Y ella me hacía notar alguna ventana, algún remate, algún óvalo escondido o tapiado, dos columnas que alguna vez tuvieron capiteles. Y me contaba que en ese rincón iba a comprar tal o cual cosa, que su papá trabajaba en tal lugar, que le daba miedo pasar por las accesorias de las Vizcaínas, que en esa escuela estuvo Sor Juana; que trabajó en una casa de marcos llamada Morett y que le gustaba ir a tomar al café Tacuba al salir del trabajo.

El Museo Hans Mayer no existía aún. El antiguo hospital era un mercadito mugroso de artesanías. Las tiendas eran exiguas, la instalación eléctrica estaba a la vista, había corredores por los que no se podía caminar, tanto era el riesgo de sentir el piso desmoronarse. Y sin embargo, con mi amiga Emmy o con mamá, era un placer internarnos en él. El antiguo espacio nos devolvía su destino primero, éramos capaces de verlo como antes, de traducir sus volúmenes originales (aunque igual no debió ser un ejemplo de higiene o de belleza, pero en fin…).

No creo que esta música ilustre mis recuerdos. Creo más bien que los baña, que es el perfume preciso para ellos, como un vestido a la medida. La evidencia.

LGB, 2008
(CD: Silvestre Revueltas, OSUG, dirección J. Luis Castillo, UG, UNAM, Conaculta, INBA)

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