mardi 9 mars 2010

MÁS DE MI LIBRO "HISTORIAS NATURALES"



Otro poema del libro Historias Naturales (escrito en colaboración con mi hija Nina Olga Buono): ahora la personalidad y la historia de una gata particular:
(English version below)

ALBINA, MUÑECA VIVIENTE

Creemos que está rellena de transistores
de finos cables fluorescentes
y minúsculos hilos
sólo visibles en microscopio.

Su figura es
la de una momia egipcia
embalsamada en primavera de arena
y su fina piel, su cara,
podrían ser las de un armiño traicionero.

Es un enigma dulce
con una pizca de planeta extraño
viene de la galaxia de la leche
y sus ojos de glaciar nos interrogan
pues no se sabe aún
porqué alguien la mandó sobre esta Tierra.

Un gato malevo le dejó la marca
de los amores no correspondidos
una cicatriz que va de la pata al corazón.

Después de la costura
quedó como muñeca de trapo
fugitiva de abuelas hijas nietas
o como la criatura de un Frankenstein gatuno
caminando de milagro entre la hierba

Sigue hermosa
a pesar de todo
pero no logramos entender aún
quien
de verdad
Albina es.

ALBINA, LIVING DOLL
(translation Ana Cervantes)

We believe that
she’s full of transistors,
tiny fluorescent cables,
and threads
visible only through a microscope.

Her shape is
like an egyptian mummy
embalmed during a sandy spring:
her delicate fur and those features
could be those of a
treacherous ermine.

She’s a sweet enigma
a little bit from a strange planet.
She comes from the Milky Way
and her icy eyes question us
because no one knows
why she’s been sent here to our Earth.

A mean cat marked her
with his unrequited love,
a scar that goes from her left paw
to her heart.

After being sewed up,
she is like a rag doll,
a smart offspring of
Cat Frankenstein.
And even so,
we can see her
walking miraculously
through the grass...

She is beautiful
in spite of it all,
but still, we don’t get
who
Albina
truly
is.

UN DIA EN NEW YORK




Crónica de un viaje, mayo 2008

Cuando llegamos, no sabía aún si podría entrar a la Gran Manzana, porque no tenía visa para Estados Unidos; sólo mi pasaporte francés, nuevecito pero sin visa. Ana pasó por el corredor de los ciudadanos estadounidenses, yo por el de los demás; el agente migratorio se veía cansado a las once de la noche, igual que nosotras después del viaje. Ni se molestó en preguntarme nada, simplemente pasó mi pasaporte por una máquina y me lo devolvió, después de poner mi dedo en un verificador de huellas.

Al salir del aeropuerto, tuve la sensación de estar en alguna peli, con los yellow cabs llegando y saliendo frenéticos, la gente con prisa subiendo y bajando de ellos. Nos formamos y pronto estuvimos dentro de uno, conducido por un joven que podría ser de la India. Iba a la velocidad del rayo. Por las ventanas, noche y agua, luces reflejándose en el agua, mucha agua; de repente el skyline de la ciudad, sí, exactamente como en las películas, los puentes iluminados, el túnel de entrada, los edificios del lower west side…

Mis recuerdos de Nueva York eran difusos. Vine hace veintiseis años y si bien tengo imágenes precisas de muchas otras cosas, de mi llegada sólo recuerdo JL, mi hergmana neoyorkina vino por mí y al verme declaró de inmediato que yo estaría en esta ciudad como pez en el agua.

Esta vez fue diferente: al entrar en Manhattan, me pegué a la ventanilla del auto como uno de esos peces de acuario, me sentía una provinciana que nunca antes vio la gran urbe: edificios, calles angostas, luces. Llegamos por fin al Holiday Inn Madison Square. Entramos al hotel de inmediato, y mientras Ana pedía mapas en la recepción, yo me metí en la habitación y lo primero que hice fue encender la tele. La primera imagen que vi fue la de una beata y un cura en plena confesión, dos actores mexicanos de una serie cómica de lo más chabacano. Sí, La Chabelita recibiéndome a New York.

Como Ana es alérgica a la taravisión, no seguí explorando más canales, como hago siempre que llego a una habitación de hotel. Simplemente nos preparamos para el sueño y dormimos.

La mañana siguiente era calurosa y bella. Una mañana de verano en la ciudad. No tenía mucho tiempo para quedarme estudiando el mapa porque teníamos que entrar de inmediato en acción. Bajamos a desayunar. El desayuno era típicamente americano, todo sintético, lleno de grasa y deliciosa azúcar. Papas asadas, salchichas, omelette, cereales, café e increíbles muffins pre-untados con mantequilla. Lo mejor para hacernos olvidar cualquier dieta o intento de nutrirse saludablemente.

Ana tenía mil citas y cosas que hacer, así que de repente me vi en la calle, sola y con el mapa del metro en la mano. De mis antiguos viajes a la Gran Manzana recordaba vagamente la geografía. Creo que nunca estuve en este barrio antes, así que simplemente me orienté hacia el metro siguiendo esa calle y atravesé no sé cuántas avenidas hasta llegar a él. Para eso tuve que pasar frente al increíble Flairon Building de Burnham y el Madison Square Garden que en esa estación del año era un portento de verdor y de frescura. Con prisa, porque sabía mi tiempo limitado, me detuve muchas veces a tomar fotos de las fachadas, del jardín, de las calles. Me detuve también a respirar el aire de verano y la felicidad de estar allí.
En cierta calle, una selva: todas las tiendas posibles de plantas y flores. Conforme caminaba, surgían las tiendas de los importadores chinos, tiendas de recuerdos de NY, un autobús lleno de turistas canadienses... Al entrar al metro, un hombre me preguntó su camino, lo cual me reconfortó bastante. “¡Vaya, me veo como alguien que vive aquí!” Sin embargo, mi inglés titubeó al comprar el boleto y ya hacia los andenes, me encontré sin saber qué dirección tomar. “¿Adonde carajos voy? Sólo sé que tengo que subir y subir, y bajarme en la calle 96 adonde llego por fin en veinte minutos” Efectivamente, al llegar a la 96 y Madison Avenue, recordé el camino hasta la esquina del Guggenheim, ahora en plena renovación y con la hermosa fachada por completo cubierta de lonas y andamios. Bueno, primero lo primero: dirección el Metropolitan Museum of Art. Era lunes y muchos museos estaban cerrados. Mi primera elección, de no ser así, habría sido el MOMA. Pero bueno, modestamente tuve que conformarme con el Met.

Escogí la sección de pintura moderna, americana y europea. Qué maravilla, recorrer todos esos pasillos y salas. Aunque estaba aún lejos de mi destino, disfruté cada paso: arte precolombino mexicano, una serie de pasteles de Francesco Clemente en el corredor, una breve expo sobre Super-Héroes...

Por cierto, esta expo me hizo pensar en la enorme diferencia entre la cultura estadounidense y la europea. En Europa ahora se hacen expos de este tipo, sobre cultura popular, pero es realmente algo que viene de EU. Poner las artes populares a la altura y en el mismo pedestal que las bellas artes. La exposición era buenísima: los trajes de Supermán, de Batman y Robin, de la Mujer Maravilla y mi preferido, el de Michelle Pfeiffer como Gatúbela... Algunos de ellos fueron diseñados por creadores de moda, otros por vestuaristas de cine y televisión. Algunos eran versiones fantásticas inventadas por Versace o Jean-Paul Gaultier...

Luego, pintura hasta el hartazgo. Hice bien en reservarme para esto: Balthus, Georgia O'Keefe, Max Ernst, Brancusi, Giorgio di Chirico, Kandinsky... una verdadera orgía. Colores, formas, descubrimientos. El privilegio de estar viendo esto en vivo y no en una reproducción (lo cual, siempre lo he dicho, es mejor que nada), estar allí, a dos palmos de las telas que ellos pintaron con sus petits doigts boudinés... Pensé en el camino larguísimo que estas obras recorrieron antes de llegar aquí, en las vueltas de la historia, en las injusticias y desventuras de muchos de estos artistas, pero también en la fortuna de verlos aquí reunidos. La sala O'Keefe es una locura: gigantescas flores, colores apastelados y sin embargo tanta fuerza... Balthus también me gusta, aunque sobre él y su obra exista un perfume de escándalo y pedofilia. Este enorme cuadro de los alpinistas me parece un verdadero enigma, se podría escribir toda una historia sobre los personajes: las jóvenes y los chicos, en esas montañas, con una extraña sombra atravesando la composición...

Pasadas las primeras diez salas, ya no supe ni mi nombre: “¿Quién soy, adonde voy?” Sólo sabía que tenía que ver a los grandes maestros del arte americano, esos que (ahora sí) recordaba de manera tan vívida de mi primera: Jim Dine, David Hockney, Jackson Pollock, Helen Frankentaller... Otra orgía, más horas pasando y ¡yo nadando en el color, en las líneas juguetonas de Jasper Jones o de Aschille Gorki!


Antes de irme, después de muchas horas, subí a la terraza e hice bien. Es un espacio abierto, cubierto por completo de madera de Tek, con dos enormes esculturas figurando globos cromados de Jeff Koons: corazones, conejos, un perrito... y alrededor, plantas, gente sentada disfrutando el clima estival; Central Park atrás, la 5a avenida delante, los increíbles remates de los edificios, tinacos, muchos árboles... no hubo otro lugar donde yo quisiera estar en ese divino momento.

Para salir, tuve que atravesar el museo entero: y tragar más y más arte e historia: recámaras renacentistas, armaduras medievales, cuadros antiguos... Llegué quién sabe cómo a la tienda del museo, donde pude comprar regalitos y traté de dar a mi cerebro un poco de descanso. ¡Comer pintura puede ser peligroso!

Al salir, me dirigí de nuevo hacia el Guggenheim, donde había una enorme expo de Cai Guo Qiang, no sin antes comer de prisa un hot dog pinchísimo que me costó cuatro dólares. Al Guggenheim, dudé en entrar porque a esas alturas estaba muerta de cansancio; en lugar de entrar, me senté a contemplar el vestíbulo circular durante largos minutos, bajo los flashes intermitentes de seis o siete coches suspendidos del techo y de animales salvajes (lobos, tigres) subiendo en loca carrera por la plataforma del museo. Ambas cosas constituyen un espectáculo de lo más intenso...

Finalmente fui a la tienda a comprar otros regalos: lápices, un libro sobre el Guggenheim en las caricaturas del New Yorker, libretas...

Quise regresar en camión al hotel, pero no supe cómo tomarlo. Parada en la esquina, hice parada a varios autobuses que ni caso me hacen. Después de 10 minutos, constatando la inutilidad de mi maniobra, decidí regresar en metro, porque además... ya tenía el boleto de regreso (tout ca pour ca?!)

Sabía que no tenía ni tiempo ni energía para seguir vagando, pero quise comprar algo que marcara mi breve estancia aquí, como hago siempre en todos los lugares adonde voy: unos aretes, un collar, alguna prenda de vestir... Una manera de llevarme el lugar en cuestión conmigo, piel con piel...

Casi perdí esa esperanza, pero ya caminando al hotel, en una tienda ví unos zapatos chinos, de esos de tela, en diferentes colores. Baratísimos y muy hermosos, compré cinco pares, dos para Nina y tres para mí: rojos, naranja, azules, blancos. Un postre para la vista, después de tanto color visto este día.

Llegué a reunirme con Ana, justo a la hora de la partida hacia New Jersey.
Otra aventura que narraré en otra ocasión.