vendredi 6 août 2010

Un texto sobre mi amor por EL PIANO


O cómo tocar mal y ser feliz


Sueño hace dos noches que ando en bicicleta en Las Acacias, el fraccionamiento donde viví de niña.
Estoy más o menos lejos de mi casa, en el camino a mi clase de piano, pero me quedo a dos cuadras, no sé por qué. No avanzo más, no me acerco...
Durante toda mi infancia, el piano, la clase de piano, fueron un casi-llegar y nunca alcanzar, un casi-estar, un casi-ser. Mi mamá no tomó en serio mi vocación pianística ni alentó mi intención de dedicarme a eso como una profesión. Las clases fueron años de práctica y de música sin un objetivo particular.

Las clases
Tendría siete u ocho años. Le habían dicho a mi madre que no podía empezar el piano si no sabía leer, así que que apenas aprendí, buscó un maestro en el vecindario. No era muy cerca; quizá 3 o 4 kilómetros de la casa, en un fraccionamiento vecino en Atizapán. La maestra era una joven alta, de chongo típico de los sesenta; vivía en una casita pequeña y algo sombría. Tenía dos nenes, Toñito y Mari, y su esposo era un señor bastante mayor que ella, pianista de bar.

Durante años fui dos veces por semana, en la tarde. Al principio me llevaba mi mamá. Luego me iba yo sola, en bicicleta (algo que merece mencionarse con más detalle en otro lugar, mis andanzas bicicleteras). Pasaba una hora y a veces podía quedarme otra, practicando, porque no tenía piano en casa. Esto pronto fue un problema, aunque nunca entendí por qué. Es decir, nunca entendí que tenía que practicar y que la clase simplemente era el momento en el que el maestro revisa el trabajo del alumno y corrige errores y vicios. Y vicios yo tenía muchos. Mi maestra, aunque adorable, nunca se dio cuenta de que yo me aprendía todas las partituras de memoria, y que en realidad no sabía leer la música. Tenía pues una memoria prodigiosa pero no sabía leer. Esta situación duró muchísimo tiempo, del principio al final del periodo en el cual tomé clases con ella. Mari, creo que se llamaba (Si sus hijos se llamaban Toñito y Mari, su esposo Toño, ella lógicamente tenía que llamarse Mari).

Me encantaba ir a pesar de que sentía (sabía) que no era la mejor maestra. Su esposo me enseñó a ponerle acordes a las canciones y ella me enseñaba los clásicos, junto con los ejercicios del libro de John Thompson (creo), el odioso Hannon y al cabo de un tiempo, el Czerny, para la digitación. Tres años después de haber empezado, ya sabía bastante y el esposo sugirió a mi mamá que podría quizá entrar al segundo o tercer año del Conservatorio. La respuesta de mi mamá siempre fue la misma: “¡Pero como pianista se va a morir de hambre!”

Alguna vez mi amiga Yesmín me invitó al recital de la hija de una amiga de sus padres, una niña catalana. Después del concierto, hubo una recepción en su casa. Era una mansión llena de gente chic. Me intimidaba el hecho de estar allí frente a esa chica (tendría 17 años) ya casi pianista, rodeada de tanta aprobación. Creo que los padres a veces, sin darse cuenta, tienen un componente sádico. ¿Para qué enviarme a presenciar el éxito de esa muchacha si mi mamá sabía que yo nunca iría al conservatorio? Fue en verdad, un juego inconscientemente cruel.

Los pianos virtuales
Pero bueno, las tonterías de los padres hay que perdonarlas, sobre todo si fueron padres aceptables, como los míos... Pero ya entrados a hablar de las tonterías, otra muy buena fue la del piano. Mi mamá estaba ahorrando para comprar mi piano. Durante toda mi infancia escuché esa cantinela: “Los Bonos del Ahorro Nacional son para tu piano... el piano por aquí... el piano por allá”. En alguna ocasión, inclusive la imagen del piano se volvió realidad: alguien nos propuso un piano de estudio y ella fue a verlo. Dudó, se dijo que quizá no era tan bueno, dio un paso adelante y dos atrás y finalmente no lo compró. Cuando quiso comprarlo, meses después, ya se había esfumado.
Pasaron algunos años y en un momento de grave crisis económica en la familia, me confesó avergonzada que “los bonos del ahorro nacional nos los comimos”. ¿Quién podría guardarle rencor por eso?

Un fantasma
Extrañamente, cuando nos mudamos a Querétaro, mi mamá insistió para que yo volviera a tomar clases. Tenía 17 años y unas ganas locas de irme de la casa; no estaba ya para nada motivada por el piano, pero fui a tomar algunas lecciones con una maestra que vivía en una hermosa casa queretana. Se trataba de una señorita anticuada, menuda y con mucha clase. El piano estaba en la sala repleta de retratos de familia, cortinas de terciopelo y olor a rancio. Fui durante algún tiempo, varias veces por semana a que me dijera que tocaba fatal, cambiara mi manera de poner los dedos sobre el teclado y tratara de corregir los errores de mi anterior maestra.

De esas clases, me queda el recuerdo de una conversación muy rara que tuve con ella. Mi mamá tenía un restaurant vegetariano y le había mandado algunas deliciosas empanadas de zarzamora. La señorita me dijo que gracias pero que a ella no le gustaba la comida. Desde la voracidad de mi adolescencia, le pedí que me repitiera la afirmación; quizá no le gustaba alguna comida... pero ella insistió con ganas: “No, no me gusta comer... no como nada” “Ah, ¿y cómo sobrevive?” pregunté extrañadísima. “Pues a veces me como un bistec, a veces un pedazo de pan, pero por lo general, no como porque no me gusta comer...” Esto me quitó por completo las ganas de estudiar piano con ella, y desde luego, las ganas de volver a su casa.

Un teclado
Olvidé el piano por muchos años. Hasta que en París, surgió la oportunidad de hacer un cambio provechoso: una trompeta que Jean-Pierre nunca tocaba contra un teclado eléctrico. No sonaba súper bien pero imitaba de alguna manera la sonoridad de un piano. Aún con dos octavas menos, se podían tocar muchas partituras. Así que lo cambiamos y el pianito quedó instalado en lugar de honor del pequeño departamento de la Rue Pelleport. No tenía mucho para tocar, empecé a hacerlo de oído, aprendiendo canciones, imaginando cómo acompañarlas. Horas de diversión. Los clásicos serían para otra ocasión.

El piano
A mediados de los ochenta, falleció el papá de JP. Su piano, ya lo conocíamos, de todas esas veces en que lo visitamos y tocábamos como quien no quiere la cosa. Nadie de la familia se opuso a que el piano nos llegara a nosotros. Después de algunos meses encontramos un buen transportista e hicimos llegar el instrumento a la casa, rue des Vignoles. Ahí sucedió mi verdadero reencuentro con el piano. Empecé a reunir partituras, a pedir prestadas y a fotocopiar. La Mediathèque Hergé, en La Goutte d'Or, tenía una biblioteca de partituras. De ahí viene la mayoría de las que tengo. Sí, lo sé, la fotocopia no es legal, pero... cuando no se tiene dinero, se necesita ingenio. Tenía ganas de tocar, tenía ganas de explorar de nuevo, y quizá de recuperar el tiempo perdido. El toque del piano de Claude, mi suegro, era un poco duro pero poco a poco me fui acostumbrando a él.

RUE POINCARÉ
En la rue Poincaré me impuse la disciplina de tocar por lo menos media hora diaria. Así que cada día, al salir Nina del kinder, la rutina era de ir a la panadería a buscar algo rico para su gouter y luego en casa, ponerla delante de una película (por lo general Le roi Lion o Zazie dans le Métro) mientras yo hacía mi media hora de piano. Ahí aprendí la sonata fácil de Mozart, exploré de nuevo las invenciones de Bach, me inventé otras maneras de acompañar mis canciones preferidas. A veces, antes o después de mi práctica, podía escuchar a Roya, nuestra vecina iraní tocando alguna difícil sonata de Beethoven.

LA TRAVESÍA
Cuando en 1998 decidimos venir a vivir a México, no dudamos ni un instante en traernos en piano. En gran parte porque sabíamos que si lo vendíamos, nos sería difícil comprar uno aquí. Así que la compañía de transportes que atravesó el océano con nuestros 6 metros cúbicos, fabricó una caja especial de madera para el piano, misma que fue transformada en mueble por JP, una vez aquí. La caja llegó con sellos y menciones de los puertos de partida y de llegada: Antwerpen, Altamira. Cuando lo recibimos, venía en un camión de mudanzas y los señores lo bajaron y lo transportaron hasta la casa... en una carretilla que había en el jardín.
Desde entonces, el piano nos acompaña, me acompaña para cantar canciones (Sofisticated Ladies, Satin Doll y otras) y también me alegra el corazón cuando toco los movimientos que más me gustan de las sonatas de Mozart o de las variaciones Goldberg. Es una presencia imprescindible en la casa, un objeto a la vez familiar y exótico en estas latitudes. Por fin tengo un piano, el ciclo se cierra; la nostalgia de lo que no fue desaparece y yo, aunque pésima intérprete, me adentro en la jungla de las notas y en los misterios del lenguaje musical con los ojos atentos y el corazón abierto. Cada vez.