jeudi 23 septembre 2010

MI VIAJE A YUCATÁN

Palenque e Izamal, dos lugares mágicos


por LGB
Durante siglos, la península de Yucatán fue considerada como un territorio extranjero. Extensión territorial, nos decían en la primaria. No parte del país central y serrano. No. Una region algo inhóspita, de costumbres extrañas y más cercana a La Habana que al DF. Así que con ese bagaje, partí a Yucatán.

Está claro que los viajes transforman. ¿Y cómo no sentirse transformada después de un viaje así?
Mis expectativas más locas, mis sueños más selváticos, mis deseos más arqueológicos se vieron satisfechos. En julio, tiempo de lluvias. Y con la suerte de que no nos tocaran diluvios e inundaciones.
Con la familia venida de Francia, con Jean-Pierre mi esposo y mi hija Nina. Siete en una camioneta, al principio limpia, al final casi tan desordenada y sucia como el cuarto de cualquier adolescente.

Primera etapa el DF, la casa del compadre Juan Jacob, el mezcal de Chalmita, la choucroutte legendaria que Juan prepara siempre que nos vemos. Y al otro día, el trayecto a nuestra primera etapa, Tlacotalpan. Yo había visto este pueblo en múltiples películas pero cuando lo vi en piedra y pintura (las carne y hueso de la arquitectura), me pareció mucho más hermoso y mítico: un lugar de cuento, con esa plaza y esa iglesia color de hielo, con esas calles que parecen sacadas de un cuadro de Delvaux o de De Chirico: columnas y casas de mil colores, ordenamiento de ángulos y aristas; interiores que se dejan entrever coquetamente, poblados de muebles de maderas aromáticas y de encajes. Un verdadero encantamiento.

Y los días siguientes, la carretera interminable y llena de sorpresas: en el parque de La Venta en Villahermosa pensé en el poeta, en el alcance del sueño de un poeta que se trajo la selva al corazón de la ciudad; selva poblada de cabezas gigantescas y animales tropicales. Después más carretera y el susto de ver que casi mil kilómetros nos separaban de nuestro destino, Mérida. ¡Qué país tan grande! ¡Qué lejanía de nuestra sierra chichimeca!

Después de horas y horas de puentes, selva, verdor, humedad, nubes cargadas de luz, llegamos a Campeche, ciudad de murallas y de palacios. Un centro simétrico, con edificios de colores pastel. Música, alegres bailes, una paleta helada de limón para quitarse de la garganta el polvo del camino; la piel sudorosa y los bordados espléndidos de los trajes de mestiza.

Mérida nos toca de noche y con ella, la búsqueda de la casa rentada durante varios días. Cuando por fin damos con ella, la buena nueva es que a pesar de que el barrio no lo deja ver, todo en esta casa es bello y ordenado, todo esta hecho para que el huésped esté cómodo y sea feliz, desde las recámaras espaciosas hasta la cocina cuyas paredes están cubiertas de azulejos guanajuatenses. Sin olvidar lo mejor: la piscina, en la cual nos zambullimos de noche, rodeados de cactus y de hojas de plátano, de árboles de guanabana y papaya. Recuerdo entonces las noches de mi niñez cuando en Tehuixcla nos metíamos a nadar de noche: la sensación del agua en la nariz, la tibieza del aire, el agua iluminada color glaciar.

Pasan varios días y Mérida nos llena de agradables imágenes y sensaciones. Recorrer el mercado, el centro, el museo de Arte Contemporáneo, ese cine art-déco; el suntuoso Paseo Montejo. Y luego de visitar la ciudad, también ir a Uxmal y a otros sitios extraordinarios: Chichén Itzá, Balaamku, Tulum...
Salgo de Mérida con ganas de quedarme, pero el frenesí de los otros viajeros me impone el ritmo a seguir: rumbo a Tulum, vemos Chichén y también ese pueblo tan indio y tan mágico que es Izamal. ¿Cómo no enamorarse de un patio de tales dimensiones? ¿O es un atrio? Arcos, infinitos arcos, verdura en el piso y azul apasionado en el cielo. Entre cielo y tierra, Izamal. Tendría que emplear mucho papel y palabras para describir lo que sentí en ese lugar, quizá porque si bien me conmueven los sitios prehispánicos, los lugares donde el mestizaje es evidente me tocan más profundamente.

Tulum, paraíso seudo-ecológico regido por el dólar me gusta de poco a nada. No olvido el mar turquesa y el sol maya, pero los lugares tan springbreakeros me revientan. Cuando por fin salimos de allí, el rumbo es más alentador: Palenque. Y en el camino, una larga carretera con retenes y soldados de quince años. En algún lugar llamado “El Limón”, una pirámide al borde del camino. Una verdadera y vieja pirámide sin anuncio ni bombos ni platillos. Algo extraño, entre iglesias protestantes y restaurantes; entre ferreterías y tiendas de comida para ganado. Una pirámide cubierta de moho y visitada por casi nadie.

Ya de regreso, Palenque, una real maravilla. Tumbas cubierta de cinabrio, arcos mayas, relieves, fechas; verdes extensiones separando los templos, árboles titánicos, aire denso y flores gigantes. También, de paso, el sitio de Balamkú, con sus relieves entre dos épocas, sus mosquitos asesinos, su soledad selvática, imaginable en otros lugares.

Minatitlán fue sólo un hermoso hotel del cual no salimos, cansados y sobre todo poco alentados por los alrededores ingratos. Supongo que conociendo gente, el lugar debe ser mucho más hospitalario. Para nosotros fue una etapa agradecida en el largo viaje de vuelta. También Córdoba, con su piel de café y Puebla, con su arcángel sublime invitándonos a subir con él a su pedestal.

La gente, los lugares, los sabores deliciosos de la comida, el primer trago de cada cerveza helada, el café caliente y los objetos creados por manos humildes y transmisoras de belleza. Tanta corriente subterránea que pasa por todos nosotros, mexicanos, corriente que parece a veces desaparecer y que surge intensa cada que tenemos la oportunidad de mostrarnos. De ahí que tengo un nuevo libro en gestación, un libro sobre lo visto, sobre lo vivido, sobre la maravilla de saber que a pesar de tanta pesadilla y tanto horror, en este país sabemos dar, tenemos talentos insospechados y sobre todo, somos portadores de una historia compleja. El próximo mes publicaré poemas de este nuevo libro sobre el largo y hermoso viaje por cinco estados de México, en la península de Yucatán.

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