mardi 30 novembre 2010

Por la Santa María


Una esquina que me encantó

Genial restauración del kiosko



Paso dado...


El kiosko en todo su esplendor
fotos y texto: LGB
Pocos lugares tienen ese poder de evocación para mí.  Quizá porque la colonia Sta. María la Ribera es un lugar que conocí de muy pequeña, cuando vivíamos en San Cosme. Quizá porque después leí sobre ella y me gustó la idea de una colonia «nueva» que ahora se volvió «vieja», de un lugar «lujoso» que se volvió «decrépito», de un sitio donde vivieron muchas personas famosas y donde pasaron muchas cosas.  
Hoy, viernes de noviembre, decido caminar por fin para explorar más a fondo que la última vez y tomar fotos de esa colonia legendaria.  Atravieso Buenavista y me interno sin dudar en la colonia.  
Casas de los años veinte me reciben, junto con algunas bodegas y sitios nuevos, edificios de departamentos sin gracia, más recientes.  Camino y pregunto por la Alameda, por el kiosko, por el Instituto de Geología.  Debo cruzar el eje vial y seguir algunas cuadras.  
Me gusta el clima de hoy, ideal para caminar:  soleado y fresco, lo justo para una larga excursión.  Conforme voy entrando, las casas se vuelven más y más antiguas.  Algunas están restauradas y habitadas, otras muy maltratadas (y habitadas) hasta la última categoría, las que de plano están al borde del colapso y se venderán como terreno, cosa que efectivamente señalan algunos carteles en las fachadas.
Llego a la Alameda. El hermoso kiosko sigue allí y actualmente está en restauración.  Maravillosos colores, estucos espléndidos.  Me encanta y lo fotografío, es una delicia, como un suculento loukoum.
Frente a la Alameda, el Instituto de Geología, edificio igualmente interesante.  Pago diez pesos por un viaje en el túnel del tiempo: vitrinas, parquet, yeserías del techo, ventanas, vitrales. Todo me transporta:  mucha luz, piedras polvorientas y algunos esqueletos de dinosaurios y caballos prehistóricos.  No tengo prisa, recorro los pasillos, las piezas, los rincones de este edificio que tanto me recuerda los pabellones del Musée d”Histoire Naturelle en el Jardin des Plantes de París.
Salgo por fin, algo aturdida por tanta impresión de meteoritos y fósiles, para caminar hacia el otro extremo de la colonia, recorriendo ahora sí calles y metiéndome en las privadas y en los callejones. Saco fotos, me quedo contemplando fachadas y lo que puedo atisbar de algunos interiores.  En el mercado, veo un anuncio, «Gran Bazar", calle Naranjo.  Creo que sería una buena oportunidad para entrar en una de esas casas, si es que el lugar del Gran Bazar es una de ellas.  Me dirijo hacia allá y después de caminar algunas cuadras, sin dejar de detenerme frente a cuanto me llama la atención, encuentro la casa en cuestión.  Es en efecto, una casa de los veintes o los treintas, parte de un conjunto habitacional visiblemente auspiciado por Arturo Mundet, el fabricante de refrescos. Eso deduzco porque una de las privadas lleva su nombre y la otra se llama simplemente «Privada Sidral».  Pues bien, en la casa del bazar, nada indica que este evento se vaya a llevar a cabo.  Simplemente me asomo a una de las ventanas que da a la calle y veo una cama destartalada con cobijas sucias, un ambiente de total abandono, objetos y suciedad por doquier.  Me asusta tanto que renuncio a las delicias de ese shopping.
Sigo recorriendo calles y calles.  Sigo tomando fotos.  Observo que la gente aquí tiene miedo, porque muchas casas están protegidas por alambres de púas, algunos electrificados; puertas de metal y tubos que bloquean el paso.  Lo peor que se le pudo hacer a estas elegantes pérgolas, balcones, balaustradas y portones.   Este ambiente de inseguridad contrasta con la alegre vagancia de mucha gente, que hace su jogging, pasea a sus perros, saca a sus niños del kinder y va al mercado...   Todo parece pacífico y tranquilo, flota un aire feliz y la vida parece lo que debería ser en un barrio ni muy rico ni muy pobre de cualquier ciudad normal.  
Ya de regreso, veo por la ventana el interior de un espacioso y bello departamento, decorado en un gusto muy contemporáneo, con fotos enmarcadas y paredes de un blanco cremoso.  Hay plantas y luz.  Me digo que en otra vida, me gustaría vivir aquí y ver cómo es desde adentro  la colonia Santa María.
Tomo un pesero a San Cosme, me topo con la zapatería La Ribera (que conozco desde bebé), con Mascarones, con la Secundaria Anexa, donde iba David, el primer chavo del que me enamoré... Pero todo esto es otra historia.