mercredi 19 janvier 2011

POEMA SOBRE OTRO PERRO



En nuestro reciente viaje a Chalmita (ver detalles entrada anterior), conocimos a varios perros muy interesantes, entre ellos, éste: 


TRIPIÉ
El perro de tres patas
tiene el color sabroso
de la cocoa caliente
-con canela-.
Tiene ojos de pistache,
hocico largo.
No sabe que sus huellas
son un múltiplo impar
no sabe lo que no puede
y por eso puede
subir veloz los cerros
y correr el maratón canino;
vibrar con los olores
del tlacuache y del tejón,
mojarse con el agua del apantle
-ese milagro-
El perro de tres patas es alegre;
no se lo ocurre otra manera
de ser feliz
¿así nació o así lo hicieron?
Poco importa, el perro impar
vive su vida
como el más completo
como el más amable
de los canes inmortales.

lundi 17 janvier 2011

VIAJE A CHALMITA

Chalmita, en su esplendor

Éxtasis del yoga junto a los bambúes

La vista desde la casa
Para el año nuevo, nuestro compadre Juan Jacob nos invitó a su casa en la comunidad de Chalmita, a 10 km de Malinalco, en el Estado de México.  Hacía años que no lo visitábamos allá, aunque claro, siempre nos vemos en el DF o en Guanajuato.  Pero por lo menos 6 o 7 años nos separaban de la última vez que fuimos a Chalmita.  Hubo una época en la que íbamos una vez por año, que de pronto se interrumpió; dejamos de ir, quién sabe por qué.  
Este año, entre otras cosas, dudábamos poder ir porque no sabíamos si nuestro viejo coche aguantaría el viaje de 7 u 8 horas. Y no es que sean tantos kilómetros (500 a lo sumo), pero para llegar allá desde Guana necesitamos tomar varias carreteras, no siempre autopistas:  llegar primero por el libramiento de San Luis a la autopista a México.  Luego, poco antes de la caseta de Palmillas, tomar la dirección Toluca.  Llegar a Atlacomulco por una carretera en reparación perpetua y de allí a Toluca.  Atravesar la horrible capital del Edomex y tomar dirección Tenancingo o si se prefiere, tomar por las pequeñas carreteras por Joquicingo hacia Malinalco.  Todo esto lleva tiempo y no poco cansancio.  Sin embargo, nos armamos de valor, mandamos revisar el coche y salimos una mañana de fines de diciembre.
El trayecto fue el arriba descrito,  bajo un dorado sol invernal.  Una sola parada, antes de Atlacomulco, para comer al borde de la carretera los deliciosos sandwiches preparados por mí.  Decidimos no atravesar Toluca esta vez, y tomar un libramiento,  bastante largo por cierto, pero que nos dejaría un poco más cerca de Tenango que de Toluca, para poder torcer el rumbo hacia Malinalco.  A estas alturas del partido, ya eran las cuatro de la tarde (salimos a las 10am).  
La carretera es tortuosa pero el paisaje vale la pena.  De las frías planicies de Atlacomulco, pasamos a bosques de coníferas y luego a un paisaje semi-tropical, llegando al valle de Malinalco.  Allí se ven los peñascos cubiertos de vegetación, tan característicos del valle de Mali y de Chalma.  Atravesamos Chalma con pinzas porque a pesar de ser un santuario y lugar de peregrinación (o por eso?) es uno de los lugares más siniestros que conozco, lleno de basura y de baches.  Por fin entramos en la comunidad de Chalmita.  Reconocemos la placita, la iglesia y sobre todo, la vegetación extraordinaria que proyecta sombras y fantasmas en este final de la tarde.  
Cuando por fin llegamos al rancho El Copalito, ya son las 6 pm.  Nos esperaban mañana. No por eso se ponen menos contentos de vernos:  Juan, los dos nens, Émile y Val, y los dos hijos grandes, Diego y Juan Ramón.  La casa está igual que como la recordábamos pero el jardín ha cambiado muchísimo.  Amplias avenidas de bambúes, glorietas con magueyes y una planta hermosísima que parece la cola de un venado, como un pompón.  Alrededor un circo, las montañas rocosas con su cubierta vegetal.  Quizá menos verdes en esta época del año, pero siempre bellas.
Como sólo hay dos recámaras, Diego y Juan Ramón nos ceden una de ellas y duermen en el salón.  Por fortuna trajimos bolsas de dormir, un colchón de hule espuma y una colchoneta.  La cena es de quecas y bastantes cervezas, cosa que no puede faltar chez Jacob.  
Transcurren los días entre desayunos en la terraza, lectura, paseos por el rancho, dibujos, mucha conversación y quehaceres de la casa, ingratos pero necesarios.  Por fortuna, todos trabajan y ponen voluntad para lavar platos, barrer y escombrar un poco este espacio pequeño invadido de repente por una muchedumbre, pues aparte de nosotros tres, también llega Dito, el hermano menor de Juan, y días después Alixter, un super-simpático (y guapo) amigo de Juan Ramón.

La terraza frente a la casa de adobe tiene una mesa de cemento cubierta por bellos mosaicos y pintada de azul, con su banca incorporada y su fogón.  Diego y J. Ramón son maestros para encenderlo y hacemos la mayoría de las comidas allí:  carne asada, frijoles, tortillas bien calientes, papas rostizadas, etc.
El preparativo para año nuevo es genial:  Juan descongela ceremoniosamente los paquetes de choucroutte, las salchichas, el chamorro; pone a cocer las patatas desde temprano.  La cena entonces es espectacular:  una mega choucroutte,  complementada por un plato gigante de pasta y una pierna de pavo traídos por Fabiola y Christian, compadres y vecinos.  De tomar, vino blanco.  
Transcurre entre discursos, risas y animada plática.  Algo fluido y bello es esta cena de fin de año.  
Al terminar la cena, salimos al jardín donde los chavos ya prepararon una gigantesca fogata.  Pocas veces he experimentado una sensación tan fuerte y clara de fraternidad. Agradezco al infinito este momento de pura bondad:  abrazos, chistes, el calor de la fogata, la noche intensa, las siluetas de los cerros, todas esas estrellas y el aire frío que cubre mi cara...
Al otro día, Nina y yo vamos a ver a Fabiola, la otra comadre de Juan.  Gracias a su esposo Christian y a ella, Juan conoció este lugar y consiguió su terreno.  Ambos tienen un rancho productor de flores y de fruta, muy cercano a la casa de Juan.  Se llama “El Amate”.  Aparte de sus vergeles, Fabiola tiene una pequeña empresa que fabrica mermeladas y otras conservas ecológicas.  Es una maravilla platicar con ella porque sabe muchísimas cosas y puede darte miles de consejos sobre todo lo que le preguntes.  Nos encanta la bodega donde guarda las mermeladas:  todas deliciosas y sobre todo, de frutas poco habituales en México, donde no salimos de la super consabida mermelada de fresa.  Aquí hay mermelada de mandarina, ciruela,  zarzamora, limón, lima, higo, manzana, naranja, frambuesa, pera... con o sin azúcar.  Y también jugos de todas esas frutas.  Y conservas de chiles y de otras verduras.  Pasamos un buen momento curioseando y preguntando.  Nos da un remedio contra el acné:  el vinagre de manzana, y nos envasa ipso-facto una botellota.  Damos una vuelta por los campos y nos muestra una casa hecha de bambú y de adobe, futuro albergue para gente que vendrá a tomar cursos sobre temas de ecología.  Esto es su proyecto para este año.  Vale la pena echar un ojo a su sitio internet y ¿por qué no? ir a visitarlos.

Los perros no pueden faltar.  Juan trajo a su Simón, un adorable y joven labrador.  Fabiola y Christian tienen otros que nos vienen a visitar y se quedan con nosotros en El Copalito durante toda nuestra estancia.  ¡Qué hospitalarios!  Están la Solavine (de quince o dieciseis años, tuerta y sorda pero muy activa), Tripie (café cocoa y con sólo tres pies), el licenciado Dugu (peludo y casi con pelo de rasta) y Mozart.  
Primero está enferma Val;  luego Émile.  La gripe se le pasa a Jean-Pierre y creo, a Diego.  Nina dibuja a los perros.  Alixter, Diego y Juan Ramón nos cuentan sus aventuras en Francia.  Los dos últimos todavía viven allá.  Yo no hago gran cosa.  Estoy leyendo mi regalo de navidad “Comer, Rezar, Amar”, que me está gustando mucho.  También hago yoga junto a los bambúes, casi frente a los bueyes.  Es toda una experiencia mística.  Jean-Pierre está esculpiendo una de las piedras de la entrada.  Su obra es una calavera jugando a la pelota.  De plano se quita la camisa en los momentos de mayor calor e inspiración. Nuestros días transcurren apacibles y llenos de sol.  A veces alguien pone música, lo que exaspera a Juan.  El primero de enero nadie se quiere mover. Vamos el día dos a Malinalco por provisiones.  
Malinalco me encanta, es tan new age y al mismo tiempo guarda su esencia de pueblo tradicional.  Me encanta el mercado, las calles, la placita.  Ahora está un poco cabeza abajo porque están poniendo todos los cables eléctricos bajo tierra.  Eso hace que tengamos que caminar y que hacer las compras entre escombros, pero el resultado valdrá la pena.  
El penúltimo día nos levantamos muy tarde y vamos a las cascadas, más o menos a una hora caminando.  
Nos dividimos en dos grupos, uno con los niños y con el caballo Camilo cargado con provisiones y el otro que irá por un atajo.  Nos encontramos en la intersección del apantle y del camino real.  Subimos juntos entonces.  Las cascadas son hermosas; el agua está helada.  Como siempre, los chavos hacen una fogata en menos que canta un gallo y comemos carne y cebollas asadas, con un sorbo de cerveza porque se nos olvidó una mochila con el resto de las Coronas.
El lunes por la mañana, al despedirnos, la foto del recuerdo.  Todos nos felicitamos de haber pasado estos días en armonía y cargando buenas energías para comenzar el año 2011.  Enhorabuena.  Podemos emprender el largo camino a casa felices y satisfechos.  

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