mardi 12 février 2013

UN CONCIERTO-LECTURA

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La espléndida Sierra


El pedal del piano, después de la "reparación"

...en lo alto DE LA ABRUPTA SERRANÍA...
por Lirio GB, enero 2013

Ana llega en el vehículo oficial que nos llevará a Santa Catarina. Vamos a realizar el tercero y último concierto-lectura del año (los otros dos fueron en Dolores Hidalgo y en Abasolo). Estamos emocionadas y contentas porque Santa Catarina es el último pueblo antes de la Sierra Gorda y nuestras expectativas son altas: Esperamos un público ávido y receptivo.
Los conciertos- lectura son algo que Ana Cervantes y yo llevamos haciendo ya algunos años. La música maravillosa tocada por ella, se complementa con textos literarios, como en Rumor de Páramo (2007) y Babar, el pequeño Elefante (2010). este concierto es el último de la pequeña gira, presentando el fabuloso repertorio de su proyecto “Canto de la Monarca” (ver www.Monarca.com) y algunos de mis poemas inspirados por sus musas, junto con obras del repertorio y poemas de Sor Juana y de Rilke.

El paisaje va cambiando poco a poco. Primero las lejanas montañas azules y el llano cubierto de huizaches rumbo a San Miguel; nos dirigimos a uno de los confines de nuestro estado: la mismísima puerta de la Sierra Gorda. Disfrutamos el paso por diversos pueblos y en la etapa final, los paisajes volviéndose cada vez más agrestes: inmensas montañas, rocas, cactus, yucas. Un horizonte poblado por gigantes y por relieves impresionantes. El aire es fresco, pero no hace frío. Tres horas y media de viaje y estamos en otro mundo. El pueblo es hermoso, rodeado por esas majestuosas montañas y muy limpio. Casas de ladrillo, comercios, calles pavimentadas o empedradas.

Llegamos a las cinco. Nos espera el asistente del director, en la Casa de la Cultura, un hombre canoso y bajito. Me hace pensar en un duende. Nos espera es un decir. Sabe que llegaremos, pero no manifiesta mucho entusiasmo. Nos recibe tibiamente y nos enseña el foro. El conjunto socio-cultural es bello. La arquitectura moderna de la Casa de la Cultura promete mucho, con su patio interior, sus columnas, sus ventanas asimétricas. El edificio data de los noventa. Según nuestro anfitrión, “es bonito, pero le falta mucho mantenimiento y no tenemos presupuesto...”.
Ana quiere ante todo ver y probar el piano. Es un pequeño crapaud de cola, de madera rojiza. De entrada empieza a haber problemas porque no tiene atril y un pedal está zafado. Buscamos por todos lados alguna marca en el instrumento que nos permita saber que en algún momento ese atril existió, pero nada. La madera lisa, la cubierta fija: todo indica que el o los ejecutantes anteriores nunca usaron una partitura (???). Me imagino que ese pianito se destinó a algún niño prodigio (por el tamaño, casi de juguete) y que dicho niño se sabía todo su repertorio de memoria porque quizá era ciego (esto podría ser casi un cuento).
Un señor que trabaja allí (Multiusos les dicen) propone con muy buena voluntad solucionar estos problemas. Llega con un pedazo de madera que coloca abajo del pedal y no sé cómo consigue amarrarlo para que por lo menos funcione durante el concierto. Luego saca de no sé dónde uno de esos antiguos cuadernos de contabilidad y lo atora “mal que bien” en el lugar donde debería estar el atril. Yo pongo mi libro de Eduardo Casar abajo, para que las partituras no se caigan mientras Ana toca. Por fortuna, sólo una pieza del concierto será tocada con partitura. Bendita memoria de esta pianista estrella...
El piano no está precisamente en el escenario, sino abajo, muy cerca de las sillas. No entiendo por qué, pero así es. La luz es insuficiente porque de los ocho reflectores que se supone iluminan el foro, sólo funcionan dos. Ana no puede leer la partitura. Yo puedo leer mis textos pero difícilmente. Nos dicen que van a buscar un reflector, que vayamos a cenar y que a nuestro regreso estará instalado. El asistente de director insiste mucho para que comamos. Ana piensa que es porque él nos estaba esperando para comer y que se había privado de hacerlo. Nos da el nombre del mejor restaurant del pueblo, donde podremos saborear algo antes del concierto. Ya previamente Ana preguntó si imprimieron los programas de mano. La expresión en el rostro de ese santo señor fue de completa perplejidad: ¿cuáles programas? “Pues los que mandé por internet listos para imprimirse y fotocopiarse”, respondió Ana. Su sonrisa tímida nos dice que “no se pudo”. No pudieron imprimir y gastar 20 pesos en fotocopiar 50 programas de mano. Vaya.
“Solucionado” esto vamos a comer. El mejor restaurant del pueblo está cerrado. Nos dirigimos al centro. Allí hay algunos changarros con carnitas y tacos. La verdad es que preferiríamos cenar después, así que frente a la iglesia nos compramos sendos tamales y luego nos dedicamos a dar vueltas por las calles aledañas. Hay comercios de bolsas, misceláneas donde venden sabritas y juguetes. Presenciamos una procesión, porque siendo 10 de diciembre ya se está festejando a la Guadalupana. Quizá esto explique que el concierto pinte desierto.

De regreso a la Casa de la Cultura, subimos a los camerinos. Es un espacio vasto, con espejos, lavabos y vestidores. El lugar de los espejos está a oscuras: faltan focos. El señor asistente nos dice que nos podemos maquillar en los vestidores, “porque ahí sí hay luz”. Uf.
Con toda la buena voluntad del mundo, nos cambiamos y maquillamos como podemos. Cuando estamos a punto de terminar, llegan dos chicos con un foco ahorrador. Por fin. Entonces le digo a Ana, citando nuestro concierto de Rulfo: “Este pueblo está lleno de voces...”, a lo que ella replica “Este pueblo está lleno de ecos”... “este pueblo está lleno de...” Nos agarra una risa loca e incontrolable. Sí, este pueblo...
El concierto está programado a las 7 pm, pero a esa hora, desde los camerinos sólo se alcanzan a ver tres personas: tres adolescentes en primera fila. ¿Será todo nuestro público? Haciendo de tripas corazón, ya vestidas y maquilladas, bajamos. Hay, además de las tres chicas, un joven moreno y dos señoras, una de ellas con un niño pequeño.
La luz es mortecina (como que sólo funcionan dos reflectores de los ocho existentes). De paso nos percatamos de que pusieron en un extremo de la sala, apuntando directito al improvisado atril, un reflector gigante, amarrado con cinta canela. Pero por ahora está apagado.
El concierto comienza y como siempre entramos en otra dimensión. De repente, cuando vamos empezando la segunda pieza, el reflector gigante que apunta al atril improvisado se enciende. Hágase a luz. Es deslumbrante y molesto. Ni modo.
El público está atentísimo pero no puedo dejar de ver que durante todo el concierto entra y sale gente al fondo de la sala. ¡Cómo quisiera que estuviésemos alumbradas por el reflector y que no pudiésemos ver al público! Unos niños pegan un teléfono celular a una de las ventanas y puedo ver la foto de alguien, quizá en Facebook. (¿o nos están sacando fotos a nosotras?) Algunos de los que entraron se aburrieron y salieron. De pronto, entra el clochard del pueblo: un señor muy parecido al Calzonzin de Rius, flaco, alto, desdentado, con barbita y bigote ralos, vestido con una vieja chamarra mugrosa y con un pantalón igual. Lleva al cuello un hilacho café, algo así como los restos de algún escapulario. Me sorprende que se quede.
Al terminar el concierto, aplausos y felicitaciones. Estoy feliz de que se termine. Se acerca el clochard, que resulta no ser otro que ... el Director de la Casa de la Cultura. Ahí sí, mi asombro no tiene límites.
Al salir de la casa de la cultura, veo a una hermosa joven que me parece conocida. Vamos a cenar a un lugar indefinido (puesto que el mejor restaurant del pueblo está cerrado). Cuando llegamos, ella resulta ser alguien que conocí antes de Salas de Lectura. Está aquí con su novio y ambos fueron invitados a compartir nuestra cena. Le pregunto al chavo qué hacen por acá en la sierra. Me contesta: “Vinimos a verlas a ustedes”. Lo extraño es que no los vi en el concierto y tanto ella como él acaparan la conversación de nuestros anfitriones, quienes nos ignoran olímpicamente durante toda la cena y ni voltean a vernos. Los anfitriones (el Director, su hijo y el asistente que parece duende) están absortos en esa conversación que trata de trovadores de la sierra y otras tradiciones vernáculas. Estoy muerta de hambre y de cansancio. Ana comparte conmigo una copita de tequila y yo pido una cerveza para hacerme pasar estos últimos momentos antes de ir por fin a dormir. Hablamos en francés y a nuestra vez, ignoramos a nuestros acompañantes. Esto se pone cada vez más raro.
Cuando llega por fin la bendita hora de despedirnos (después de una breve sobremesa afuera del restaurant, en la cual el Director nos habla de su repugnancia “por la música de hoy”) soy feliz de encontrar una cama con sábanas limpias en la Casa de Visitas. Aunque el gran final no podía faltar: no hay toallas ni papel de baño.
Regresamos como bólidos muy temprano al otro día.














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